Un promotor de la agroecología
Autor: Carlos Amorin © Rel-UITAEditado por Ecosur Ltda.
Miguel Altieri es Ingeniero Agrónomo de la Universidad de Chile, desde 1980 es Profesor de Agroecología en la Universidad de California, Berkeley. También es colaborador en materias científicas de CLADES, consorcio de ONGs latinoamericanas que desarrolla trabajos de desarrollo campesino con una base agroecológica y desde 1996 es el coordinador general de SANE (Sustainable Agricultural Networking and Extension), programa auspiciado por PNUD para promover la capacitación de enfoques agroecológicos en el mundo en desarrollo. Desde 1997 ha servido como Presidente del comité de ONGs del CGIAR (Grupo Consultivo sobre Investigación Agrícola Internacional, que agrupa a varios centros de investigación), con la misión de influenciar la agenda de los centros internacionales de investigación agrícola para el beneficio de los agricultores pobres de Asia, África y América Latina. Sus contribuciones en control biológico de plagas, agricultura sustentable y últimamente sobre el impacto ecológico de la biotecnología agraria, se encuentran plasmados en más de 200 artículos científicos y 7 libros, entre los cuales "Agroecología: bases científicas para una agricultura sustentable" ha sido editado en 5 idiomas con una circulación mundial de más de 50 mil ejemplares.
¿Qué es la agroecología?
Es una ciencia que plantea un nuevo paradigma científico para el desarrollo de la agricultura. En realidad, rescata lo que es verdaderamente la ciencia, porque la que promueve la agricultura industrial, agroquímica, biotecnológica, es una ciencia cooptada que sirve a los intereses de las transnacionales. La agroecología no sólo se basa en los elementos de la ciencia moderna, sino también en lo que llamamos la etnociencia, o sea, el conocimiento de los propios agricultores. Al inicio de su desarrollo la agroecología ha puesto mucho interés en el trabajo con los campesinos de América Latina porque rescata mucho el conocimiento ancestral de los Andes, de Meso América. Por lo tanto, es una combinación de saberes que resulta en una serie de principios que se transforman en formas tecnológicas que finalmente nacen de lo que nosotros llamamos la investigación participativa. Los agricultores forman parte del proceso de investigación en un pie de igualdad con los universitarios o técnicos especializados. La agroecología implica, entonces, un verdadero cambio del paradigma científico, pero también de la práctica, de la tecnología concreta de trabajo, de la relación con la tierra y con el producto de ella.
¿Cuáles son las diferencias esenciales de esa nueva ciencia con la actualmente hegemónica?
Todos los agricultores milenarios tienen una cosmovisión y han desarrollado un sistema de clasificación y apropiación de la naturaleza. La etnociencia consiste en ése saber generado por los agricultores, no necesariamente milenarios, sino que también proviene de aquellos que han trabajado varias generaciones en el campo. No es necesario entrar en detalles acerca de cómo cada grupo étnico trata a la naturaleza porque habría que lidiar con multitud de cosmovisiones diferentes y de conceptos de etnobotánica. Nosotros tratamos de rescatar los principios según los cuales esas comunidades se han relacionado con la naturaleza. Y vemos que esos principios son en realidad universales.
¿Son técnicas concretas?
No, son principios que generan técnicas.
Por ejemplo...
La diversidad, siempre la diversidad. Jamás el monocultivo. Pero en los Andes será la mixtura de las papas nativas, y en el trópico medio bajo será agroforestación, y en Mesoamérica serán policultivos de maíz con frijol. El principio siempre es el mismo: la diversidad ecológica. Otro principio esencial es la rotación de los cultivos, o dicho de otra forma el reciclaje de los nutrientes con integración de animales. Estos principios toman formas tecnológicas diferentes, pero su esencia es siempre estable. Nosotros rescatamos ese conocimiento como los grandes principios de la agroecología que explican cómo funcionan los sistemas agrícolas, al igual que los sistemas naturales. Si se toma una tundra por un lado, y un sistema tropical húmedo por otro, se verá que los principios de cómo funciona cada uno son exactamente los mismos, lo que pasa es que cada uno toma su propia dinámica: la tundra es mucho menos diversificada que el trópico, pero hay sucesión, hay competencia, hay flujos de energía.
En la agroecología no trabajamos con recetas ni con paquetes tecnológicos sino con estos principios.
¿Por qué es importante la diversidad?
Es esencial. No se trata de diversificar los cultivos porque sí, de cualquier manera, como sembrar lechuga con tomate, por ejemplo. Tratamos de crear combinaciones de cultivos y animales que creen una sinergia, que se potencien en un sistema autorregulado. Pero esas combinaciones tampoco pueden ser caprichos teóricos, sino que deben estar basadas en el conocimiento profundo de las interacciones ecológicas de cada lugar. Por ejemplo, si creamos un sistema que resulta benéfico para desarrollo de ciertos insectos que matan plagas, entonces ya no es necesario el pesticida externo, pero tampoco se precisan "insecticidas botánicos" y ese tipo de cosas que usan muchos agricultores orgánicos.
Otro principio es el del reciclaje de los nutrientes. Las formas en las que se incorpora a la tierra la biomasa vegetal y animal, cómo se debe utilizar de manera eficiente para que el sistema autorregule su materia orgánica, la fertilidad del suelo. Hay muchas formas de hacerlo.
¿Cuál es la diferencia entre la agricultura orgánica y la agroecología?
Bueno, en Estados Unidos, al menos, gran parte de la agricultura orgánica que se practica actualmente se basa en la sustitución de unos insumos por otros, siguiendo el mismo patrón que la agricultura convencional. Conozco muchos agricultores orgánicos en California que son muy dependientes de las empresas que fabrican los insumos. Son otras industrias, más biológicas, pero a la vez es el mismo modelo capitalista dependiente. Nosotros creamos un sistema en el cual no hay dependencia.
¿Esa forma de vincularse con la naturaleza está más presente en algunos países de América Latina más que en otros?
Históricamente esos vínculos están muy enraizados en culturas tradicionales nuestras, en agriculturas milenarias. Ellos no le llaman agroecología, pero es lo que practican en los Andes, en Meso América. Cuando nace como ciencia, a fin de los años setenta, la agroecología toma mucho auge en las organizaciones no gubernamentales (ONG), en países como Chile, Perú, Bolivia. En esa época las ONG trabajaban en un contexto de dictaduras en todo el Cono Sur. En esos momentos habían enfocado la necesidad de los agricultores pobres de implementar tecnologías que les permitieran sobrevivir. Así se empezaron a implementar redes entre los grupos, sobre todo andinos. Pero después ese movimiento llegó influenciar a la academia, y también a institutos de investigación. El país donde más se ha desarrollado la agroecología es Cuba, que desde la crisis que empezó a vivir a fin de los ochenta se creó un grupo que se llama Asociación Cubana de Agricultura Orgánica, que implementó un proceso de desarrollo de agricultura orgánica basado en la agroecología. El segundo país es Brasil. Allí la agroecología ya es un movimiento social, sobre todo en el sur, Rio Grande do Sul, Santa Catarina y otros estados, están empezando a utilizar la agroecología como una herramienta de desarrollo de la agricultura familiar, pero lo más importante es que ha penetrado en las instituciones estaduales, como el Emater en Rio Grande do Sul.
Estamos trabajando en Brasil y para continuar con el programa de entrenamiento de 400 investigadores y extensionistas de EPAGRI, la institución del estado catarinenese responsable de la investigación y la extensión agrícolas. El gobernador de ese estado ha dicho que en dos años deberán desaparecer todos los agrotóxicos de Santa Catarina, y segundo que tiene que haber una moratoria de cinco años para la biotecnología hasta que se demuestre que su aplicación en agricultura no causa impactos ambientales desfavorables. De hecho, cuando la agroecología se asume como una política, causa enormes cambios dentro de las estructuras.
Algunas personas critican la opción cubana por la agricultura orgánica porque consideran que el gobierno hizo un cambio meramente instrumental sin una revisión profunda del modelo convencional.
Es así a nivel de la cúpula dirigente del Ministerio de Agricultura y Ganadería. Para la mayoría de ellos fue un cambio meramente oportunista. Pero a nivel de base, los grupos que promovieron la agroecología, crearon un proceso de capacitación con los principios de la agroecología, proceso en el cual participamos activamente. De hecho, se logró crear una masa crítica no sólo de profesionales sino también de agricultores practicando la agroecología. Y eso es independiente de las políticas del gobierno. Se trata de un verdadero movimiento de masas. El grupo gestor de este proceso, la ACAO, fue suprimido, lo terminaron.
¿Cómo lo terminaron?
Lo colocaron bajo la supervisión y dependencia del gobierno y con un control muy fuerte. Pero yo he regresado a Cuba varias veces, y el movimiento ya es imparable. Comparto, entonces, esa crítica, pero este grupo fue muy inteligente, y utilizó como siete años para hacer una educación masiva de lo que es la agroecología. Se hicieron seminarios, cursos a distancia, bibliotecas móviles, se crearon "faros agroecologicos" que eran establecimientos modelo de producción adonde acudían de visita cientos de agricultores cada mes. Yo creo que en Cuba ese movimiento de base es imparable.
¿Se puede decir que los países del Cono Sur son los más refractarios a este tipo de planteos?
Chile, Argentina y Uruguay, sí. Son países que están completamente entregados al modelo agroexportador. El campesinado ha perdido mucha fuerza, las ONG fueron corrompidas o absorbidas por el sistema. El aparato público fue desmantelado así como la crítica académica, y es el sector privado el que dirige las políticas. En Brasil sucede lo contrario, allí el aparato público está vivo. Podrá tener sus problemas, pero también admite mucha crítica interna. En los países del Cono Sur prácticamente se ha suprimido el diálogo. Estuve en Argentina recientemente, todas las personas me dijeron que no existe allí un diálogo, ni siquiera un debate sobre los vegetales transgenicos. Se organizan foros, coloquios, pero las empresas y los funcionarios públicos los ignoran, lo que es una clara muestra de pensamiento poco democrático.
¿En qué países la agroecología ha llegado a la academia?
En varios países europeos como España, Italia y otros. En la universidad española de Córdoba ya se desarrolló un doctorado en agroecología, y existe una maestría para latinoamericanos que cuenta con el apoyo del gobierno de Andalucía. De allí salen unos 35 latinoamericanos cada año formados en esta nueva ciencia, tanto a nivel de doctorado como de maestría. En Italia hay algunos polos importantes de irradiación de estos principios, incluso en Estados Unidos también los hay. No son aún masivamente reconocidos, pero sí son respetados y tienen mucha actividad, publicaciones de investigaciones que demuestran la viabilidad científica de la propuesta. En ese sentido, existe una preocupación de no quedarse sólo en la crítica, sino de mostrar alternativas concretas y con las mismas herramientas científicas, de manera de que no haya duda de que la agroecología está respaldada por un conocimiento desarrollado. Lentamente se comienza a lograr generar impactos en las políticas públicas. Por ejemplo en Berkeley, la ciudad donde vivimos, los movimientos de consumidores, de cultivadores orgánicos, de ambientalista y otros lograron que la ciudad decidiera que todas las meriendas que se ofrecen deben ser elaboradas exclusivamente con productos orgánicos. Estamos hablando de 42 mil bocas que diariamente se alimentan así. Eso ha abierto un importante mercado para los agricultores orgánicos periurbanos y aún más lejanos que está creando una revolución. También hay prefecturas del PT en Brasil que adoptan políticas parecidas y logran cambios radicales. Esa es una característica esencial de nuestra propuesta, la de provocar modificaciones a nivel local, regional, pero no meterse con el rollo globalizante porque en ese nivel no hay manera de competir con el poder.
Muchos dicen que la agricultura sin químicos tiene baja productividad y que con ese sistema de cultivo no se genera suficiente alimento para todo el mundo.
El problema del hambre en el mundo no tiene nada que ver con la producción de los alimentos. Es un asunto de distribución. Hay 2 mil millones de personas viviendo con menos de dos dólares al día. Existe una mala distribución de la tierra y de su uso. En países africanos netamente exportadores de alimentos la gente muere de hambre. El 70% del grano que se produce en Argentina, en el Cono Sur, es para alimentar ganado. Toda la soja y la mandioca que se cultiva acá tiene ese fin. Los sistemas agroecologicos son en realidad más productivos que el sistema convencional (con químicos), no sólo en cuestión de rendimiento, también porque proporciona una serie de servicios ambientales. Es multifuncional. Algunos estudios que hemos hecho en California sobre manzanos, por ejemplo, permitieron comprobar que en ambos sistemas son igualmente productivos en el mediano y largo plazo. Pero tienen una enorme diferencia en el impacto ambiental: el del agroecológico es 30 veces menor que el convencional, siendo que sólo medimos residuos de pesticidas y concentración de nitrato en suelo, sin tener en cuenta biodiversidad y otros parámetros asociados. Ese escaso impacto ambiental no está siendo compensado por la sociedad. Creo que este tipo de enfoque puede empezar a influenciar a los políticos para que entiendan que se debe premiar a esa gente y castigar a los otros. Ya casi nadie hace comparaciones de productividad porque está más que demostrado que la agricultura orgánica, paradojalmente sin el apoyo científico de los aparatos público y académico, es igualmente productiva que la convencional. Y eso con escasos medios de investigación, mientras que los convencionales tienen 50 o 60 años ininterrumpidos de apoyo científico estatal, y apenas llegan a tener la misma productividad, pero con un tremendo impacto ambiental que la sociedad está pagando caro.
Otra crítica que se hace es que los vegetales orgánicos son más caros, y que por lo tanto no son productos para el pueblo.
Desgraciadamente mucho de la agricultura orgánica está controlada por intereses que no tienen nada que ver con el pensamiento de un modelo alternativo. Están en eso porque se abrieron brechas en el modelo neoliberal que premian ese tipo de agricultura. Lo hacen estrictamente como un negocio, como harían cualquier otro negocio. Pero existe tanto en Europa como en Estados Unidos un amplio movimiento de crítica a esta postura que están planteando que los aspectos sociales fueron ignorados por la agricultura orgánica, y que es necesario cambiar eso. De hecho, ya se están implementando las redes de distribución directa de los agricultores a los consumidores mediante, por ejemplo, ferias orgánicas y las canastas semanales.
Pero atención: hay mucha agricultura orgánica que no es agroecológica porque sigue siendo de monocultivo y de sustitución de insumos, y además abasteciendo mercados elitistas. En las primera discusiones que se promovieron en California para reglamentar la certificación, varios grupos planteamos que se debía limitar la escala a no más de 50 hectáreas, porque hay empresarios que tienen 2 o 3 mil hectáreas que desplazan a los pequeños y medianos, y también defendimos la posición de que se debía incluir una definición de condiciones laborales aceptables para los trabajadores rurales asalariados, pero todos esos reclamos quedaron fuera. En la actualidad, en Estados Unidos la agricultura orgánica es mayormente una etiqueta que dice que no se usaron tóxicos para cultivar esos productos, pero no es un planteo sustentable porque ignora completamente los aspectos sociales, La agroecología, en cambio, se juega con base científica por un modelo de desarrollo alternativo de atiende la equidad social, la seguridad alimentaria, la superación de la pobreza. Es una propuesta política con base científica y, claro, de izquierda.
¿Entonces por qué la izquierda tradicional en América Latina se ha jugado históricamente por la opción productivista?
Porque la agronomía capitalista y la soviética fueron alimentadas teóricamente por el mismo paradigma científico. La revolución verde convenció igualmente a los estadounidenses, a los mexicanos, a los soviéticos y a los uruguayos. Según ese esquema siempre habrá un factor limitante en la agricultura, y cualquiera sea ese factor se deberá usar químicos para superarlo, sin advertir que esa limitante era un síntoma de una enfermedad más sistémica de la agricultura. La agroecología desecha los síntomas y ataca las causas fundamentales que son los desequilibrios biológicos en la tierra. Hay que crear las condiciones para restaurar ese equilibrio.
¿Pudo haber existido en la izquierda un cierto menosprecio del saber popular, del conocimiento campesino?
Lo dice la historia. Cuando la Fundación Rockefeller comenzó a pensar en la revolución verde envió una comisión de científicos a México y cometieron el error de invitar a Carl Sauer, que era geógrafo. Escribió él un informe en solitario, en el que decía que si un grupo de agrónomos estadounidenses agresivos iría a México para llevar el maíz de Iowa y de Ohio, sucedería un catástrofe que describió con bastante detalle. Esa catástrofe es exactamente lo que está sucediendo desde hace varias décadas en el mundo. Sauer fue sustituido en la comisión por otro que no hacía críticas. La revolución verde no sólo significó el cambio de una variedad por otra, sino la supresión de todo un conocimiento acumulado durante milenios. Lo mismo está pasando ahora con la biotecnología: las instituciones públicas son cooptadas por las transnacionales. La universidad de Berkeley donde yo trabajo recibe 50 millones de dólares anuales de la Novartis. Eso crea un sesgo institucional del cual emerge una visión y se suprimen las otras. A nosotros nos intentan suprimir a menudo. Y eso es muy peligroso para la sociedad, porque las opciones, la diversidad de enfoques empieza a desaparecer. Ni siquiera los agricultores soyeros convencionales que usan químicos ya no tienen muchas opciones: o Roundup o nada. O entran en el juego o quedan fuera. En Estados Unidos, como en Argentina, disminuye la cantidad de agricultores dedicados a la soya, pero aumenta la cantidad de hectáreas. Porque esa tecnología alienta la concentración de la tierra. En Estados Unidos el sistema de subsidio, creado por el lobby de los grandes empresarios agrícolas, otorga 40 dólares por acre a quienes tienen menos de 400 acres, pero le da 400 dólares por acre a quienes tienen más 400 acres. Es una agricultura sin agricultores.
La biotecnología es la fructificación del modelo de la revolución verde y es impulsada por los mismos actores. Yo no distingo entre agroquímicas y transgenicos. Nuestra idea es condenar igualmente a ambas agriculturas porque están podridas.
¿La imposición de la revolución verde en América Latina puede tener alguna relación con la generalización de las dictaduras en ese período?
No sé si ambas cosas tienen un vínculo directo, pero no pienso que las estrategias de desarrollo rural que impulsa el gobierno de Estados Unidos sean diferentes a su política externa. Todo surge de la misma concepción. La dominación tiene muchos campos, y una manera de dominar ha sido educar al mundo científico latinoamericano con una mentalidad al servicio de ese modelo. Cuando llegué a California me di cuenta de que en Chile me habían enseñado agronomía californiana. Todos mis profesores habían hecho uso de un convenio por el cual completaron su formación en California. Nunca me enseñaron agricultura campesina. En mi opinión, tanto la revolución verde como la biotecnología actúan de manera fascista, porque suprimen la disidencia. A mí no me han podido echar de la universidad porque va contra los principios del centro de estudios, y además porque soy profesor titular del máximo nivel, pero las ganas no han faltado. El costo de hablar esto públicamente es muy alto, enseguida empiezan a tildarte de pseudo científico, antiprogreso, y segundo te cortan todos los fondos. Por eso es que allá ahora hay mucha gente que ya no habla. La represión es muy grande.
¿Puede haber un cambio de modelo agrícola si no se produce un cambio social general?
Sí, de hecho esos cambios se están dando ahora mismo. Recientemente participé en una actividad en la cual evaluamos 208 proyectos provenientes África, América Latina y Asia, y estimamos que hay 9 millones de campesinos que han adoptado el modelo agroecológico, cubriendo aproximadamente 30 millones de hectáreas, con una producción de 1,7 toneladas de grano por hectárea en zonas marginales. Estos pequeños ejemplos son los que denominamos "faros agroecologicos", porque influencian a su entorno y crean redes entre agricultores por donde pasa el conocimiento. No sé si la suma de los cambios locales provocará un cambio global, pero pienso que es posible. Cómo se dará eso en el futuro, lo ignoro, pero hay mucha gente buscando nuevos caminos.
Principales publicaciones
Altieri, M.A. and Liebman, M.Z. 1988. Weed management: Ecological guidelines. In: Weed Management in Agroecosystems: Ecological Approaches. M.A. Altieri and M.Z. Liebman, eds. CRC Press, Boca Raton, Fl. Altieri, M.A. 1990. Agroecology and rural development in Latin America. In: Agroecology and small farm development. M.A. Altieri, S.B. Hecht, eds. CRC Press, Florida, pp. 113-118. Altieri, M.A. 1993. Crop Protection Strategies for Subsistence Farmers. Westview Press, Inc. Boulder, CO, 197 pp. Altieri, M.A. 1994 Biodiversity and Pest Management in Agroecosystems. Haworth Press, Inc., NY. Altieri, M.A. 1995. Agroecology: The science of sustainable agriculture. Westview Press, Boulder, CO. Revised and expanded edition.
miércoles, 9 de julio de 2008
martes, 8 de julio de 2008
DEBATE PENDIENTE EN LA SOBERANIA AGROALIMENTARIA
07-07-08,
Por Miguel Ángel Núñez *
La agroecología y su andamiaje técnico, además de elevar nuevas formas de organización social, emerge como la única opción científicamente valida para superar los distintos retos, amenazas y debilidades en la producción agrícola. Como millones de campesinos lo han aclamado y afirmado en otros foros internacionales, la soberanía agroalimentaria necesariamente debe verse y accionarla desde el prisma agroecológico.
Los sistemas sociales emergentes en la agricultura
El colapso del modelo tecnocrático agrícola de la revolución verde del pasado siglo y que en esta nueva época por las sostenidas exigencias de las tecnologías neoliberales-globalizadoras, se reacomoda y consustancia en la bio-revolución transgénica como la única y magnifica iniciativa para enfrentar la crisis ética-agroalimentaria planetaria. Ante este el magno desafío, se nos plantea continuar firme y corresponsablemente, en seguir apostando a las propuestas alternativas de producción agrícola, las cuales sustentan su histórico despliegue en la agroecología.
La agroecología esta llamada a enfrentar las apetencias de la revolución biotecnológica tal como se ha concebido. Por cuanto esta última se ajusta y prolonga su dependencia ante las exigencias del libre mercado por la acumulación de recursos, ganancias y modalidades especulativas articuladas a los sectores financieros-bursátiles-agroalimentarios. La agroecología y su andamiaje técnico, además de elevar nuevas formas de organización social de la producción como más adelante veremos, emerge como la única opción científicamente valida para superar los distintos retos, amenazas y debilidades en la producción agrícola.
Afirmamos que la evolución de la agroecología se eleva, se pronuncia e irrumpe ante los agravios eco-productivos que estamos encontrando en nuestros agroecosistemas por cuanto se necesitan cambios ante la dinámica en los medios y modos de producción agrícola. Las tensiones agroambientales, sociales y culturales abandonadas por la bio-revolución las seguimos encontrando en nuestros campos. De inmediato se exigen ser superadas por nuevas prácticas agrícolas más eficientes, eficaces y efectivas. Definitivamente NO podemos reproducir las prácticas enajenantes que nos han dejado los modelos agrícola depredadores.
En concordancia con lo anterior y por la naturaleza de la agroecología, esta favorece al rescate del dialogo de saberes, sus tradiciones, ancestros y razones culturales de nuestros campesinos para formular y diseñar propuestas de trabajo y consideraciones teóricas en la comprensión de un componente particular del agroecosistema que puede o no encontrarse afectado. Por ejemplo: si una técnica, insumo o práctica agrícola en particular contribuye o no a reconocer la aplicación de los principios científicos agroecológicos, en la orientación hacia la sustentabilidad.
La dinámica anterior también nos conlleva a reconocer, el cumulo de conocimientos que se encuentran interactuando y organizándose inteligentemente, una vez sistematizados emergen como nuevas razones teóricas para avanzar en la teoría de la producción.
Como también lo afirma Leff (2001); las múltiples técnicas que integran el arsenal de instrumentos y saberes de la agroecología no sólo se funden con las cosmogonías de los pueblos de donde emergen y se aplican sus principios; sus conocimientos y prácticas se aglutinan en torno a una nueva teoría de la producción, en un paradigma ecotecnológico fundado en la productividad neguentrópica del planeta Tierra. Esta nueva teoría de la producción toma sus principios en la ciencia ecológica, del territorio, en el que la intervención sobre la tierra se nutre de sus potenciales ecológicos y significativos culturales, y en principio de la fotosíntesis que Ignacio Sachs propusiera en los años 70 como fundamento para la construcción de una nueva civilización de los trópicos. (Sachs, 1976).
Los saberes agroecológicos son una constelación de conocimientos, técnicas, saberes y prácticas dispersas, que responden a condiciones ecológicas, económicas, técnicas y culturales de cada geografía y cada población. Estos saberes y estas prácticas no se unifican en torno a una ciencia; las condiciones históricas de su producción están articuladas a diferentes niveles de producción teórica y acción política que abre el camino para la aplicación de sus métodos y para la implementación de sus propuestas. Los saberes agroecológicos se forjan en la interfase entre las cosmovisones, teorías y prácticas. La agroecologia, como reacción a los modelos agrícolas depredadores, se configura a través de un nuevo campo de saberes prácticos para una agricultura sustentable, orientada al bien común y el equilibrio ecológico del planeta, y como una herramienta para la autosubsistencia y la seguridad alimentaria de las comunidades rurales.(Leff, 2001).
Esa constelación de conocimientos agroecológicos que nos ha llegado, nos esta deviniendo y que inteligentemente nos seguirán surgiendo nos permiten enérgicamente afirmar que son tangibles las tantas dimensiones productivas y cognoscitivas y organizacionales que continuaran emergiendo en las sociedades rurales espontáneamente y sin normas, ni leyes para establecer su surgimiento y en la pertinencia social que también en esos espacios florece.
¿Ciencia con Conciencia y Tecnología con Pertinencia?
Afirmamos que el modelo depredador agrícola se sustento en propuestas científicas y tecnológicas demuestran que sus resultados nunca consideraron, ni razonaron el cumplimiento de las elementales leyes de la naturaleza. Estas propuestas tecnológicas además de seguir creando caos e incertidumbres productivas en los agroecosistemas; prosiguen con la contaminación transgénica y de agrotóxicos, generándonos problemas de salud pública en las poblaciones. Estas tecnologías siempre han estado solucionando los problemas científicos y técnicos de los agroempresarios totalmente alejados de la realidad socio-productiva de los pequeños y medianos productores. Contrario a la agroecología que en su dinámica tecno política va implícita la inclusión social.
Situación que fue evaluada por un periodo de tres años (2005-2007) por el International Assessment of Agricultural Knowledge, Science and Technology for Development (IAASTD) Comité Internacional de Evaluación al Conocimiento en Ciencia, Tecnología y Desarrollo Agrícola y quienes reunieron para presentar sus resultados a mas de 400 científicos de 50 países el pasado mes de abril en Johannesburgo Sur África.
La declaratoria final de tan sostenido trabajo, exige cambios radicales en los sistemas de producción agrícola para aminorar drásticamente los serios problemas atados a la agricultura como los son: los pro y contras de la bioenergía; los efectos en los cambios climáticos; el nuevo papel de la biotecnología; el uso de los recursos naturales; los efectos sobre la salud; el papel y futuro de la pequeña agricultura. Debiendo ser la agroecología.
Nos complace entender que en otro nivel social, cognoscitivo y de singular cobertura como es el IAASTD se reconozca a la agroecologia como una alternativa a las ciencias del agro. No sólo para los pequeños y medianos productores. También esta funciona en cualquier dimensión y escala de producción cumpliendo con los principios de la agroecología. Este avance ha demostrado que las prácticas agroecológicas han solucionado los diversos problemas agroambientales, generándonos empleo digno. Otras cualidades como por ejemplo: la independencia científica y tecnológica de la agroecología esta demostrada en los trabajos de: MAELA (2006); The Ecologits (2008); Núñez (2008, 2007); Pretty, (2006). Se presagia que la agroecología esta emergiendo como el nuevo paradigma en que se sustentan las nuevas ciencias el agro. Altieri (1987); Altieri y Nichols (2001); Altieri, (2005); Gliessman (2000; 2007) Leff (2001); (Núñez 2008, 2007); Sevilla (2001); Venegas (2007);
Las reflexiones e investigaciones citadas anteriormente como otras, nos hacen valorar el lema, tanto debatido y discernido por el equipo de reflexión del nuestro apreciado hermano de luchas Carlos Lanz (2007) como lo es “Ciencia con Conciencia y Tecnología con Pertinencia”. La agroecología nos conduce hacia allá! Al establecer unas nuevas relaciones sociales de producción donde la enajenación, sujeción y dependencia ante los medios y modos de producción científicos y técnicos no sean sometidos ni controlados y sigan causando daño a nuestros recursos suelo y agua.
En el contradictorio proceso revolucionario que se gesta en Venezuela donde a pesar de pugilato y patinaje ideológico técnico-político de algunos cuadros medios y expertos asesores de diferentes nacionalidades que hacen vida en las ciencias del agro, es innegable que la agroecología tiene un espacio ganado y es irreversible. Se debate un Plan Nacional de Agroecología. Este exige más compromiso para elevarlo al justo nivel de decisión política que se merece.
En dicha perspectiva, Lanz (2007) nos orienta en precisar una definición clave que enfrenta la división del trabajo capitalista: LA SOBERANIA POLITICA Y LA LIBERTAD ESTA CUALIFICADA POR LA SOBERANIA COGNITIVA, “SER CULTO PARA SER LIBRE” como diría Martí o “MORAL Y LUCES SON NUESTRAS PRIMERAS NECESIDADES” en Bolívar.
Dicho de otra manera la participación integral que el genuino proceso revolucionario venezolano esta produciendo, demanda que un ciudadano pueda pensar “con cabeza propia” y pueda aportar a la elaboración, planificación, ejecución y evaluación de las políticas públicas, tal como está planteado en el artículo # 62 de la Constitución Bolivariana de la República de Venezuela. De esta manera se logra la unidad entre la teoría y la práctica en el proceso político social. “Saber es Poder”. Lanz (2007).El “saber popular campesino” alimenta a la agroecología. Por su naturaleza social, sus intereses específicos y las maneras de accionar acopladas a las realidades geográficas; productivas; sociales y culturales. La agroecología te convoca a pensar, reflexionar, vivir y actuar con sentido propio en el consenso de un proceso productivo. Ello ha quedado demostrado en las reflexiones elaboradas por Núñez (2008; 2007); Prety (2006); The Ecologits (2008). En los trabajos citados, la agroecología en la compleja dinámica productiva que se desenvuelve y en la conformación de nuevos sistemas sociales, sobresalen algunas connotaciones y otras no, que reafirman su condición emergente.
Tendiendo a caracterizarse un proceso productivo agroecológico por la:
Participación: para generar elementos para el diseño de métodos de desarrollo endógeno desde el contexto de la estrategia agroecológica.
Autogestión: lo valoramos como el trabajo aportado lo que constituye la fuerza laboral del poder decisorio a través de las reglas democráticas de participación.
Autonomía: las nuevas organizaciones sociales de producción deberán comprender el derecho de dirigir y de decidir sus relaciones laborales en proporción al trabajo aportado.
Armonía: la racionalidad en el uso de los recursos naturales locales proporciona una armonía entre el mantenimiento o aumento de la calidad de vida y en el desarrollo humano allí implícito orientado al bienestar colectivo y a la complementariedad de acciones entre productores. Núñez, (2007).
Aplicación de técnicas agroecológicas: el desarrollo participativo de las técnicas agroecológicas permitirá fortalecer la capacidad local de experimentación de los productores con los recursos naturales y base material específicos de su agro-ecosistema.
Innovación: crear y evaluar tecnologías autóctonas, articuladas con tecnologías externas que, mediante su ensayo y adaptación, permitan ser incorporadas al acervo cultural de los saberes y del ingenio represado entre nuestros campesinos propios de sus sistemas productivos. Se trata de no seguir con las prácticas modernizante e industrializadas introduciendo prácticas y fuentes de degradación ambiental.
Integralidad: referido al manejo de los recursos naturales. La agricultura, agroforestería, ganadería y silvicultura deben aplicarse al conjunto de las potencialidades de aprovechamiento de los distintos recursos existentes en la zona. Deben buscarse el establecimiento de actividades económicas socioculturales que abarquen el mayor número de nuevos sectores para la economía social y solidaria incrementando el beneficio y bienestar de la comunidad.
El Trabajo asociado: se entiende por el régimen de disciplina social, deberes y derechos ambientales colectivamente asumidos con respecto a la gestión productiva
La metodología: agroecológica, parte de los procesos productivos locales lo que implica que sus contenidos siempre se deben contextualizar siendo flexibles, naciendo de la realidad social-productiva, y no de esquemas rígidos, cerrados, definidos a priori, impuestos, estandarizados. Los sistemas agroecológicos son diversos; descentralizados y adaptados a las distintas condiciones agroecológicas.
A manera de conclusión:
El pasado 3 al 5 de junio se celebro en Roma la Cumbre-FAO con la presencia de 50 jefes de estado y 150 ministros. No se le permitió a los movimientos sociales su participación. Allí quedo demostrada una parte del fracaso de otra cumbre más. El no aceptar que se presenten los avances de la agroecología a nivel planetario tiene sentido en la medida que se desdibuja la nueva visión y misión de la soberanía agroalimentaria.
Como millones de campesinos lo han aclamado y afirmado en otros foros internacionales, la soberanía agroalimentaria necesariamente debe verse y accionarla desde el prisma agroecológico. Desde dicha perspectiva se funda en un carácter estratégico político ambiental, donde enérgicamente avancemos, en los nuevos procesos productivos en lo rural y urbano. Con nuevo sentido de organización de la ciencia y la técnica que de muestre ser menos despilfarrador de recursos y energía. Una ciencia para todos donde los valores de corresponsabilidad, equidad y armonía se sitúen en el sur de la sustentabilidad para seguir superando los tantos flagelos de la exclusión social.
La agroecología dada la naturaleza social que ella imprime, se esta constituyendo en una herramienta básica; de tomar en serio y co-responsablemente su accionar no sólo para el despliegue de las acciones productivas y sociales. También por su carácter emergente, inteligentemente contribuye armonizar, concertar y convenir agendas tecno-políticas de las misiones comunes que han de articular objetivos y acciones estratégicas entre organismos e instituciones. Condición que estaremos demostrando en la II Jornadas de CENDITEL (www.cenditel.gob.ve ) entre el 7 al 11 de julio en Mérida cuando presentemos el proceso de conformación de una red social emergente la cual entre otras cosas su gran e importante misión común: es recuperar y regenerar los suelos y los cursos de agua del páramo andino venezolano. www.ecoportal.net
Referencias Bibliográficas.Altieri M. A. (1987) Bases Científicas de la Agroecología. División de Control Biológico. Universidad de California. Berkely. USA.Altieri M.A y Nicholls C 2001. Agroecología: principios y estrategias para una agricultura sustentable en la America Latinadel Siglo XXI. Disponible en la página www.agroeco.orgAltieri, M.A. 2005 Bases Agroecológicas para la Conversión de la Agricultura Orgánica.Video. CASRD y University of Berkeley.Foro Social Mundial (FSM) 2006. Caracas Venezuela. Movimiento Agroecologico Latinoamericano (MAELA).Gliessman, S.R. (2000) Agroecología. Procesos Ecológicos en Agricultura Sustentable, Porto Alegre. BrasilLanz, C. 2007a Temas generadores y preguntas directrices de la constituyente universitaria http://www.aporrealos.org/educacion/a37726.htmlLeff, E. (2001). Agroeoclogia y Saber Ambiental. II Seminario Internacional de Agroeclogía. Gobierno del Estado Do Rio Grande Do Sul. Porto Alegre Brasil.
Nuñez, M. A. (2008) La Agroecología en el Día de la Tierra. http://www.biodiversidadla.org/content/view/full/40557
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Venegas, C. Ranaboldo, C. (2007). Escalonando la Agroecologia. Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (IDRC), Ottawa, ON K1G 3H9 Canadá www.idrc.ca
DISCUTIR EL TEMA DEL DESARROLLO RURAL
Para enfrentar los cambios radicales en la agricultura latinoamericana
El regreso del desarrollo rural
Eduardo Gudynas
ALAI AMLATINA, 08/07/2008, Montevideo.- Estamos enfrentando drásticos cambios en el mundo rural. Las viejas perspectivas no son siempre adecuadas, ya que están ocurriendo profundas modificaciones en la producción agrícola, el papel del Estado, la coyuntura internacional y el papel de los actores sociales. No son cambios de grado, sino que en realidad está ocurriendo una transformación sustancial que afecta negativamente en especial a los pequeños agricultores y campesinos.
Las reformas de mercado que tuvieron lugar en las décadas de 1980 y 1990 liberalizaron el comercio agrícola en casi todos los países, y desmontaron muchas medidas de protección y apoyo estatal a los pequeños productores y a los mercados nacionales de alimentos. Las agencias gubernamentales de extensión rural fueron reducidas, mientras se aplicaban paquetes tecnológicos promovidos desde el sector privado. La producción apuntó cada vez más hacia las exportaciones y las agroindustrias cobraron un papel protagónico.
Simultáneamente no sólo tuvo lugar una crisis de los estudios sobre el desarrollo, sino que los enfoques en cuestiones rurales dejaron de ser un tema relevante o eran tildados de anticuados. Esta situación es tan dramática, que pocos meses atrás, la ministra de agricultura de Chile afirmaba que poco sabía sobre los temas rurales, pero eso no era importante en tanto lo que el campo necesitaba era un gerente. Tiempo atrás esas declaraciones hubieran resultado escandalosas, pero hoy no despiertan una mayor desaprobación pública.
La coyuntura internacional también cambió. Comencemos por señalar que nos encontramos en lo que se describe como un super-ciclo de las materias primas (commodities), donde se espera por lo menos una década de altos precios de los agroalimentos. Esto se debe a factores como la demanda desde China y otros países de Asia o a la especulación generada por fondos de inversión de los países industrializados.
Simultáneamente avanza un cambio más radical en las relaciones entre la propiedad de la tierra y su manejo en varios países, especialmente en el Cono Sur. Se diseminan convenios de arrendamiento o de gestión, por el cual un agricultor empobrecido o endeudado cede el control de su tierra. Llegan administradores rurales que aplican paquetes tecnológicos volcados hacia los rubros de mayor rentabilidad, controlan decenas o centenas de predios y cubren diferentes regiones agroecológicas. Exprimen los recursos naturales del suelo en tanto esos convenios duran unos pocos años, y una vez que los rendimientos caen simplemente se trasladan a otros predios. Esto representa otro cambio radical, donde la propiedad de la tierra como factor determinante es superada por un control sobre los procesos productivos. El capital hace que se impongan nuevos estilos de producción y comercialización.
A pesar del aumento de algunos productos agropecuarios, el encarecimiento de insumos como fertilizantes y combustibles hace que los márgenes de rentabilidad se reduzcan. Este fenómeno también golpea particularmente a los agricultores más pequeños, y bastan acotadas fluctuaciones de mercado o pérdidas de cultivos por pestes, sequías o inundaciones, para que vuelvan a caer en el endeudamiento. En esa situación deben vender sus tierras o ceden el control de su gestión a estos nuevos “administradores” rurales.
Los que sobreviven quedan atrapados en una lucha por el excedente que se origina en el campo. Los debates de unos diez años atrás enfocados en el acceso a los mercados de exportación y el deterioro de los términos de intercambio han sido reemplazados por tensiones y conflictos en cómo aprovechar esta bonanza comercial. Esas tensiones atrapan a todos: los agricultores, las grandes empresas, y los propios gobiernos.
Estos cambios son de tal envergadura que los actores rurales se organizan de nuevas maneras, impensables bajo las viejas categorías. El conflicto que mantienen en Argentina los productores agropecuarios y el gobierno de Cristina Kirchner ejemplifica las nuevas dinámicas. Allí protestan codo a codo los pequeños agricultores junto a grandes hacendados y empresarios. Se ha dicho que esa reacción expresa la voz de la oligarquía o del patriciado rural, pero esas definiciones no reflejan adecuadamente esa nueva vinclación. “No nos une el amor, sino el espanto ante el gobierno”, repite uno de los dirigentes de los agricultores familiares como explicación de la vinculación de su organización con los grandes hacendados conservadores. Están en marcha nuevas alianzas en el medio rural que tiempo atrás eran impensables, donde por un lado se usan mecanismos de protesta de los movimientos populares, pero por otro lado no se aborda la esencia del estilo de desarrollo rural, sino que la lucha radica en la apropiación de la riqueza que genera el campo.
Entretanto entre los gobiernos existen muchas dificultades para generar una nueva estrategia de desarrollo rural. Esto se debe a que la agricultura actual es funcional a la presente dinámica del Estado. Por ejemplo, en Argentina si bien ahora se cuestiona la “sojización” del campo, durante la gestión de Néstor Kirchner tuvo lugar el mayor aumento de la producción sojera: creció de un poco más de 31 millones de toneladas, en 2003/04, a más de 47 millones ton en 2006/07 (un incremento de casi el 50%). Se promovió ese monocultivo, ya que el aumento en esas exportaciones permitía recaudar más impuestos para financiar el gasto gubernamental.
Las medidas de apoyo que se anuncian también tienen muchas limitaciones. Recientemente se implantaron en Argentina compensaciones a los agricultores. Pero su examen demuestra no solo que el valor total de ese fondo es modesto, sino que además aproximadamente un 70% se destinó a la agroindustria (concentrado en unas pocas empresas), y apenas un 30% alcanzó a los agricultores. Entretanto, en Ecuador, el presidente Rafael Correa presentó un paquete de asistencia para la agricultura y los alimentos por un total de US$ 415 millones, pero lastimosamente casi el 70% está destinado a subsidiar agroquímicos (US$ 287 millones). Estos son ejemplos de las dificultades de los gobiernos progresistas en generar otro estilo de desarrollo agropecuario, ya que de una y otra manera vuelven a caer en apoyar a las agroindustrias. Tampoco deben olvidarse los programas de apoyo a los agrocombustibles, que empeoran la situación en el mismo sentido, al acentuar la dependencia del comercio exterior y ocupar tierras que podrían dedicarse a proveer alimentos.
La integración regional podría brindar algunas alternativas para recuperar autonomía frente a las presiones económicas internacionales. Pero en ese frente tampoco hay novedades auspicios ya que ese tema sigue siendo marginal en el seno de la integración regional. Por ejemplo, el MERCOSUR que como bloque es uno de los más grandes agroexportadores del mundo, carece de una política agropecuaria común y tampoco coordina su oferta comercial internacional, y de hecho los países compiten entre ellos.
Afectados por todos estos factores, una vez más los pequeños productores y los campesinos quedan marginados y olvidados. Muchos apoyos financieros en realidad terminan en el sector agroindustrial, mientras que las medidas sociales compensatorias apenas logran paliar los efectos negativos de estos procesos.
Si continúan estas tendencias se corre el riesgo de la desaparición de buena parte de la agricultura familiar, mientras que la agricultura campesina quedará atrapada en la pobreza y la subsistencia, dependiente de las oportunidades de algunos mercados locales o de la caridad social. Debemos reconocer que esta problemática es todavía más grave que en el pasado, y no enfrentamos problemas coyunturales o de grado, sino que se están desarrollando cambios que son sustanciales y radicales. Por ello las medidas parciales y aisladas son insuficientes. Es necesario volver a discutir sobre el desarrollo en general, y sobre el desarrollo rural en particular, para generar cambios y alternativas muchos más profundos y abarcadores, bajo nuevas miradas, y que además deberán ser radicales.
- E. Gudynas es investigador en CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social), en Montevideo (Uruguay).
El regreso del desarrollo rural
Eduardo Gudynas
ALAI AMLATINA, 08/07/2008, Montevideo.- Estamos enfrentando drásticos cambios en el mundo rural. Las viejas perspectivas no son siempre adecuadas, ya que están ocurriendo profundas modificaciones en la producción agrícola, el papel del Estado, la coyuntura internacional y el papel de los actores sociales. No son cambios de grado, sino que en realidad está ocurriendo una transformación sustancial que afecta negativamente en especial a los pequeños agricultores y campesinos.
Las reformas de mercado que tuvieron lugar en las décadas de 1980 y 1990 liberalizaron el comercio agrícola en casi todos los países, y desmontaron muchas medidas de protección y apoyo estatal a los pequeños productores y a los mercados nacionales de alimentos. Las agencias gubernamentales de extensión rural fueron reducidas, mientras se aplicaban paquetes tecnológicos promovidos desde el sector privado. La producción apuntó cada vez más hacia las exportaciones y las agroindustrias cobraron un papel protagónico.
Simultáneamente no sólo tuvo lugar una crisis de los estudios sobre el desarrollo, sino que los enfoques en cuestiones rurales dejaron de ser un tema relevante o eran tildados de anticuados. Esta situación es tan dramática, que pocos meses atrás, la ministra de agricultura de Chile afirmaba que poco sabía sobre los temas rurales, pero eso no era importante en tanto lo que el campo necesitaba era un gerente. Tiempo atrás esas declaraciones hubieran resultado escandalosas, pero hoy no despiertan una mayor desaprobación pública.
La coyuntura internacional también cambió. Comencemos por señalar que nos encontramos en lo que se describe como un super-ciclo de las materias primas (commodities), donde se espera por lo menos una década de altos precios de los agroalimentos. Esto se debe a factores como la demanda desde China y otros países de Asia o a la especulación generada por fondos de inversión de los países industrializados.
Simultáneamente avanza un cambio más radical en las relaciones entre la propiedad de la tierra y su manejo en varios países, especialmente en el Cono Sur. Se diseminan convenios de arrendamiento o de gestión, por el cual un agricultor empobrecido o endeudado cede el control de su tierra. Llegan administradores rurales que aplican paquetes tecnológicos volcados hacia los rubros de mayor rentabilidad, controlan decenas o centenas de predios y cubren diferentes regiones agroecológicas. Exprimen los recursos naturales del suelo en tanto esos convenios duran unos pocos años, y una vez que los rendimientos caen simplemente se trasladan a otros predios. Esto representa otro cambio radical, donde la propiedad de la tierra como factor determinante es superada por un control sobre los procesos productivos. El capital hace que se impongan nuevos estilos de producción y comercialización.
A pesar del aumento de algunos productos agropecuarios, el encarecimiento de insumos como fertilizantes y combustibles hace que los márgenes de rentabilidad se reduzcan. Este fenómeno también golpea particularmente a los agricultores más pequeños, y bastan acotadas fluctuaciones de mercado o pérdidas de cultivos por pestes, sequías o inundaciones, para que vuelvan a caer en el endeudamiento. En esa situación deben vender sus tierras o ceden el control de su gestión a estos nuevos “administradores” rurales.
Los que sobreviven quedan atrapados en una lucha por el excedente que se origina en el campo. Los debates de unos diez años atrás enfocados en el acceso a los mercados de exportación y el deterioro de los términos de intercambio han sido reemplazados por tensiones y conflictos en cómo aprovechar esta bonanza comercial. Esas tensiones atrapan a todos: los agricultores, las grandes empresas, y los propios gobiernos.
Estos cambios son de tal envergadura que los actores rurales se organizan de nuevas maneras, impensables bajo las viejas categorías. El conflicto que mantienen en Argentina los productores agropecuarios y el gobierno de Cristina Kirchner ejemplifica las nuevas dinámicas. Allí protestan codo a codo los pequeños agricultores junto a grandes hacendados y empresarios. Se ha dicho que esa reacción expresa la voz de la oligarquía o del patriciado rural, pero esas definiciones no reflejan adecuadamente esa nueva vinclación. “No nos une el amor, sino el espanto ante el gobierno”, repite uno de los dirigentes de los agricultores familiares como explicación de la vinculación de su organización con los grandes hacendados conservadores. Están en marcha nuevas alianzas en el medio rural que tiempo atrás eran impensables, donde por un lado se usan mecanismos de protesta de los movimientos populares, pero por otro lado no se aborda la esencia del estilo de desarrollo rural, sino que la lucha radica en la apropiación de la riqueza que genera el campo.
Entretanto entre los gobiernos existen muchas dificultades para generar una nueva estrategia de desarrollo rural. Esto se debe a que la agricultura actual es funcional a la presente dinámica del Estado. Por ejemplo, en Argentina si bien ahora se cuestiona la “sojización” del campo, durante la gestión de Néstor Kirchner tuvo lugar el mayor aumento de la producción sojera: creció de un poco más de 31 millones de toneladas, en 2003/04, a más de 47 millones ton en 2006/07 (un incremento de casi el 50%). Se promovió ese monocultivo, ya que el aumento en esas exportaciones permitía recaudar más impuestos para financiar el gasto gubernamental.
Las medidas de apoyo que se anuncian también tienen muchas limitaciones. Recientemente se implantaron en Argentina compensaciones a los agricultores. Pero su examen demuestra no solo que el valor total de ese fondo es modesto, sino que además aproximadamente un 70% se destinó a la agroindustria (concentrado en unas pocas empresas), y apenas un 30% alcanzó a los agricultores. Entretanto, en Ecuador, el presidente Rafael Correa presentó un paquete de asistencia para la agricultura y los alimentos por un total de US$ 415 millones, pero lastimosamente casi el 70% está destinado a subsidiar agroquímicos (US$ 287 millones). Estos son ejemplos de las dificultades de los gobiernos progresistas en generar otro estilo de desarrollo agropecuario, ya que de una y otra manera vuelven a caer en apoyar a las agroindustrias. Tampoco deben olvidarse los programas de apoyo a los agrocombustibles, que empeoran la situación en el mismo sentido, al acentuar la dependencia del comercio exterior y ocupar tierras que podrían dedicarse a proveer alimentos.
La integración regional podría brindar algunas alternativas para recuperar autonomía frente a las presiones económicas internacionales. Pero en ese frente tampoco hay novedades auspicios ya que ese tema sigue siendo marginal en el seno de la integración regional. Por ejemplo, el MERCOSUR que como bloque es uno de los más grandes agroexportadores del mundo, carece de una política agropecuaria común y tampoco coordina su oferta comercial internacional, y de hecho los países compiten entre ellos.
Afectados por todos estos factores, una vez más los pequeños productores y los campesinos quedan marginados y olvidados. Muchos apoyos financieros en realidad terminan en el sector agroindustrial, mientras que las medidas sociales compensatorias apenas logran paliar los efectos negativos de estos procesos.
Si continúan estas tendencias se corre el riesgo de la desaparición de buena parte de la agricultura familiar, mientras que la agricultura campesina quedará atrapada en la pobreza y la subsistencia, dependiente de las oportunidades de algunos mercados locales o de la caridad social. Debemos reconocer que esta problemática es todavía más grave que en el pasado, y no enfrentamos problemas coyunturales o de grado, sino que se están desarrollando cambios que son sustanciales y radicales. Por ello las medidas parciales y aisladas son insuficientes. Es necesario volver a discutir sobre el desarrollo en general, y sobre el desarrollo rural en particular, para generar cambios y alternativas muchos más profundos y abarcadores, bajo nuevas miradas, y que además deberán ser radicales.
- E. Gudynas es investigador en CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social), en Montevideo (Uruguay).
domingo, 29 de junio de 2008
SOCIALISMO DEL SIGLO XXI
SOCIALISMO
DEL SIGLO XXI
La fuerza de los pequeños
Abril, 2007. Impreso en la República Bolivariana de Venezuela
Depósito legal: lf87120073201165
Sólo con un modelo que estamos inventando
de un Socialismo del Siglo XXI,
habrá democracia de verdad, producción
económica, distribución igualitaria de los
recursos, lograremos equilibrar las cargas
que todavía están peligrosamente desequilibradas.
Ahí está la pobreza todavía,
producto de 200 años de desigualdades
Hugo Chávez Frías,
23 de mayo de 2005
Una larga gestación
Durante el siglo XX, Venezuela estuvo bajo
el control absoluto del imperio estadounidense,
sometida a la permanente extracción
del producto del trabajo de su gente y de la
mayor parte de sus riquezas. Las jugosas comisiones
por la venta de nuestro petróleo al
extranjero, las ganancias por el comercio de
mercancías importadas, la corrupción, la usura
y la explotación de las clases trabajadoras
fueron ensanchando cada vez más la brecha
entre ricos y pobres.
Así se fueron conformando en nuestro país
dos bloques claramente diferenciados: uno,
mayoritario y muy pobre, conformado por
las clases trabajadoras y desposeídas; otro,
minoritario, compuesto por algunas decenas
de familias muy ricas que detentaban el poder
económico y político.
En nuestro país, las cúpulas de los partidos,
los grandes empresarios y banqueros, las élites
militares y eclesiásticas, el poder económico extranjero
y los dueños de los medios de comunicación
privados estaban “encompinchados”
para controlar el poder económico y político.
El neoliberalismo era mantenido y reproducido
por esas élites gracias a un conjunto de
leyes, reglamentos y mecanismos represivos
que garantizaban que la explotación y la violación
de nuestra soberanía se practicaran en
un ambiente de legalidad y de supuesta paz
social. La democracia representativa fue un
sistema político perfecto para ocultar la dictadura
del capital y aplicar el neoliberalismo.
Pero, no todo lo legal es justo. Aunque el
capitalismo es legal, también es tremendamente
injusto e inhumano porque es la forma
como unos pocos se apropian de las energías
de muchos para convertirlas en riqueza. El
capitalismo tiene como prioridad aumentar
el beneficio, la ganancia, a costa de la explotación
ilimitada e indiscriminada, no sólo de
la gente sino de la naturaleza misma. Obedeciendo
a estos objetivos invaden mediática y
militarmente territorios, manipulan conciencias
y aniquilan pueblos enteros.
Durante la segunda mitad del siglo, el neoliberalismo,
expresión contemporánea del
capitalismo, se había puesto en marcha. Por
órdenes del imperio, el presupuesto para
programas sociales se fue reduciendo. La
prestación de servicios básicos como la salud,
educación, vivienda y alimentación gradualmente
iban dejando de ser responsabilidad
del Estado para convertirse en mercancía.
El objetivo era vender a quien pudiera pagar,
sin importar que los pobres quedaran
desasistidos. Toda la ganancia terminaría
acumulándose en manos particulares para
no regresar jamás a la población mayoritaria.
Éste es el proceso histórico real que explica la
paradoja de muchos países donde se ha aplicado
el neoliberalismo: son países muy ricos,
con un alto porcentaje de pobres.
El capitalismo debe ser superado y sustituido
por un sistema justo que respete la naturaleza
y la dignidad del ser humano. Esta transformación
es lo que ha marcado el rumbo de
la historia de la humanidad. La esclavitud,
por ejemplo, fue legal y se consideraba natural
hasta 1854 cuando, gracias a una presión
social sostenida durante muchos años, se
transformaron las leyes de la época, convirtiendo
en ilegal esta infame práctica.
La superación de la injusticia seguirá aconteciendo,
porque la historia no ha llegado ni
llegará a su fin, aunque los defensores del
neoliberalismo digan lo contrario. La misma
suerte que corrió la esclavitud, sobrevendrá
al capitalismo. Ya en Venezuela se han dado
los primeros pasos.
Primeros dolores de parto
y nacimiento
En Venezuela, los avisos que anunciaron la
inminencia de un nuevo sistema económico
y social se sintieron el 27 de febrero de 1989,
al calor de las medidas neoliberales ordenadas
por el imperio a su capataz de turno. En
ese momento, fue dada la orden de reducir el
gasto social y privatizar los servicios básicos.
Luego, ocurrieron dos rebeliones cívico-militares
en 1992. Siguió la destitución de Carlos
Andrés Pérez el 21 de mayo de 1993.
En 1999, el comandante Hugo Chávez Frías
fue elegido Presidente de la República. Aunque
su programa de gobierno no era explícitamente
socialista, sí buscaba contrarrestar
la injusticia social y económica del capitalismo
con medidas sociales que ponían en primer
plano al ser humano. Era el momento
para que el Estado comenzará a honrar la
deuda social contraída con el pueblo durante
tantos años.
Con el gobierno de Hugo Chávez comienza
a revertirse el proceso de expropiación que se
había iniciado hacía varios siglos. Las aguas
del tsunami expropiador comenzaron a retroceder
y los pueblos, despojados y casi ahogados,
iniciaron el lento pero seguro proceso de
conquistar terreno a los capitalistas.
El capitalismo recibe su nombre del verbo
capitalizar, también significa usar en beneficio
propio algo que es ajeno. El capitalismo
expropia lo colectivo en función del beneficio
individual. Lo contrario de expropiar es
socializar, colectivizar, devolver a las manos
del pueblo todo cuanto se le había arrebatado.
La Revolución Bolivariana es un proceso
de socialización que abarca todos los ámbitos
de la vida social. Desde 1999, este proceso se
ha ido desarrollando, socializando cada vez
más elementos, incluso aquellos intangibles
como el derecho del pueblo de decidir sobre
su propio destino.
Fue el 30 de enero de 2005, en Porto Alegre,
ante el V Foro Social Mundial cuando el Presidente
Hugo Chávez anunció que impulsaría
el desarrollo de algo que denominó “Socialismo
del siglo XXI” en Venezuela. Posteriormente,
en febrero del mismo año, Hugo
Chávez declaró que la Revolución Bolivariana
era socialista. Desde entonces, la política
de Estado va en una dirección contraria al capitalismo,
siguiendo los principios del socialismo
como norte, o más bien como sur.
El Capitalismo:
explotador por necesidad
El socialismo, en general, es una corriente
contraria al capitalismo, por eso para entender
cabalmente sus lineamientos es necesario
definir el capitalismo, aunque sea a grandes
rasgos.
Las siguientes características identifican al
capitalismo:
La propiedad de los medios de producción
tiene carácter privado: Se denominan medios
de producción a todos aquellos elementos
que permiten producir bienes, es decir, maquinarias,
fábricas, herramientas y la tierra.
En el capitalismo las leyes establecen que la
propiedad sobre estos elementos es particular.
El derecho de gozar y disponer de estos
medios y de la riqueza que producen no es
grupal sino individual. El capitalismo no sólo
confisca los medios de producción, sino también
el poder mismo, la posibilidad de decidir
sobre nuestro propio destino. Los que
tienen poder económico son los que también
tienen el poder sobre la vida y la muerte de
las mayorías.
Apropiación del trabajo ajeno para producir
riqueza individual: En una sociedad donde
los medios de producción están en manos
de particulares, los no propietarios tienen
que vender a aquellos su fuerza de trabajo, su
fuerza vital. Los propietarios se adueñan de
la mayor parte de la ganancia y dan a los trabajadores
una ínfima parte de la misma en la
forma de sueldos y salarios. Una buena parte
de la ganancia se invierte en más fuerza de
trabajo y medios de producción a fin de hacer
crecer la empresa, contratar a más gente
y continuar con el ciclo. Mediante este mecanismo
cada día hay más pobres (trabajadores
y desempleados), mientras que la cantidad
de ricos (propietarios)
se reduce, pero
se hacen más ricos.
El mercado es competitivo:
El capitalismo
se rige por el
principio de la supervivencia
del más
apto. Los dueños de
los medios de producción
compiten entre sí en una carrera por
abarcar más compradores y obtener mayor
ganancia. Esto los pone en situación de rivalidad,
los más fuertes dominan a los más débiles.
La fortaleza de un capitalista dependerá
de la debilidad de sus rivales. Esta idea impregna
a toda la sociedad, haciendo que sus
miembros den la espalda a la cooperación y
a la solidaridad, persiguiendo egoístamente
el beneficio individual, sin tener reparos en
recurrir a la aniquilación de los rivales.
El Estado funciona como elemento regulador,
a favor de los intereses de los capitalistas: El
Estado incluye, en general, la administración
pública, los tribunales, las fuerzas armadas y
la policía. El binomio poder económico-político
permite que en el capitalismo este conjunto
de instituciones posea la autoridad para
resolver a favor de los más ricos los conflictos
generados por la desigualdad, así como promulgar
y hacer cumplir las normas que regulan
este sistema: las que garantizan la propiedad
privada, la explotación y la competencia.
El Socialismo:
igualitario y solidario
El capitalismo es, por necesidad, expansivo,
depredador de la naturaleza y de los recursos
de la gente. La sociedad es un colectivo, lo
justo es que todo cuanto produce, así como
todas las riquezas que están en su territorio
sean repartidas por igual entre sus miembros.
En el capitalismo esta repartición es desigual:
a las mayorías que producen riqueza se les
paga un sueldo de hambre, mientras que las
minorías disfrutan del lujo. El socialismo consiste
en formas de relacionarse y de producir
que anulan y superan las prácticas egoístas
del capitalismo.
Partiendo de los aspectos que nos han permitido
caracterizar al capitalismo podemos
hacer ahora una identificación de los rasgos
generales del socialismo:
La propiedad de los medios de producción
tiene carácter colectivo: Los cinco siglos que
siguieron a la invasión española han sido, con
sus altas y bajas, el proceso de despojar de los
medios de producción al pueblo venezolano,
principalmente de la tierra.
Nuestros indígenas no concebían que ningún
ser humano tuviera más poder que ellos:
todos se consideraban iguales. Este pensamiento
también fue invadido y sustituido
a la fuerza, en pocas generaciones, por una
idea del mundo donde los indígenas se consideraban
ellos mismos inferiores al invasor.
Éste fue el proceso de transculturización, de
alienación, que acompañó al despojo de los
medios de producción. Las consecuencias de
esta amputación del poder político las sufrimos
hoy como pueblo.
Estos procesos fueron engrosando la masa sometida
de los que sólo contaban con sus fuerzas
físicas para sobrevivir: esclavos y esclavas,
peones, campesinos, obreros y obreras.
La aplicación de un modelo socialista en el
presente equivale a invertir el sentido de ese
proceso que durante 500 años dejó a las mayorías
completamente despojadas de medios
de producción, de soberanía política y dependientes
de los grandes propietarios.
Es fundamental en un proyecto socialista
que la tierra, los demás medios de producción
y la conciencia del poder de decisión regresen
a manos del pueblo. De eso se trata,
de socializar los elementos y el poder para que
las mayorías se hagan dueñas de su propio
desarrollo.
No hay explotación
Este punto está estrechamente ligado con
el anterior. La explotación desaparece en la
medida que la masa de desposeídos se vaya
convirtiendo en una sociedad de productores
asociados y no tengan que vender su energía
vital a otros. El campesino que siembra,
el obrero que fabrica, ya no lo hacen con el
fin de generar ganancia para el gran terrateniente
o el patrón. Todo cuanto producen va
dirigido a satisfacer sus propias necesidades
y las del colectivo. Todos y cada uno de los
integrantes de la sociedad aporta según su
posibilidad y recibe según su necesidad, sin
que una o varias personas se aprovechen de
las demás.
El mercado está regido por la cooperación,
la complementariedad y la solidaridad: La
competitividad de la sociedad capitalista es
otra desviación histórica. El paso de la animalidad
a la humanidad, el nacimiento mismo
de la sociedad humana responde a que sus
miembros tuvieron que solidarizarse entre sí
cada vez más, hacerse cooperativos y depender
unos de otros para enfrentar peligros y
satisfacer sus necesidades de supervivencia.
En el capitalismo cada individuo se considera
superior a unos e inferior a otros, supone
una idea jerarquizada de la sociedad. Cada
quien ve en el otro a un rival, a un enemigo
presto a tenderle trampas y emboscadas a fin
de neutralizarlo y dominarlo.
En el socialismo, la finalidad de la producción
no es generar ganancia a particulares,
sino producir lo que se necesita y participar
de manera justa en su distribución. Este cambio
de la finalidad de la producción transforma
igualmente el sentido del mercado. En
el socialismo, el mercado no es el escenario
donde se concurre a pugnar por la conquista
del mayor número de consumidores, lo cual
se traduce en maximizar la ganancia. Tampoco
es el ámbito donde los competidores más
fuertes anulan a los más débiles.
En un mercado complementario todos tienen
oportunidad de colocar sus bienes y servicios
para intercambiarlos. Los pequeños productores
o prestadores de servicios no corren el
riesgo de ser absorbidos ya que, en principio,
existen regulaciones que compensan su relativa
desventaja con respecto a otros.
El libre mercado capitalista tiende a la concentración
de la actividad productiva y financiera
en cada vez menos manos, absorbiendo
y aniquilando a los pequeños productores,
lo cual se traduce en empobrecimiento y dependencia.
El socialismo, como alternativa
igualitaria y justa debe crear las condiciones
para compensar las desigualdades entre los
productores, evitando que su concurrencia
al mercado sea una lucha de vida o muerte.
El gran capital, con el pensamiento único
como ideología busca consolidar un mundo
unipolar, para tener control absoluto sobre la
gente. El socialismo joven busca transformar
este mundo unipolar por uno pluripolar. Necesariamente
tiene que superar la dinámica
y la filosofía actual del mercado externo, que
más que intercambio, parece una verdadera
guerra económica.
Venezuela ha dado pasos altamente positivos
en este sentido estrechando lazos de solidaridad
y cooperación con otros países y
concretando relaciones de intercambio orientadas
al beneficio mutuo. Con esto cobra
vida, con una dimensión moderna, el milenario
principio practicado por nuestros pueblos
indígenas, que consiste en intercambiar lo que
más se tiene por lo que más tiene el otro.
El Estado defiende los intereses de los trabajadores
y trabajadoras: El Estado en el capitalismo
niega la participación directa y el
protagonismo popular. Los trabajadores conscientes
saben que en el capitalismo reciben un
salario que no les permite salir de la pobreza,
a pesar de que trabajan de manera agotadora.
Por eso el pueblo constituye una fuerza que
obliga al Estado a propiciar unas relaciones
más justas, donde se valore más su trabajo.
Por eso la democracia meramente representativa
ha sido el sistema político perfecto
para la supervivencia del capitalismo. Se trata
de una dictadura encubierta porque reduce
la participación popular al mero sufragio,
negándole al pueblo la posibilidad de actuar
directamente sobre las relaciones sociales
enajenantes que lo empobrecen.
En el capitalismo, la sociedad está subordinada
a un Estado controlado por la élite de
grandes propietarios. En el socialismo, por el
contrario, el Estado ha de responder fiel y lealmente
al mandato de las mayorías. Lo que en
el ámbito económico se traduce en auto desa
rrollo, en el ámbito político se expresa como
el autogobierno: la democracia participativa
y protagónica que convierte a cada ciudadano
en miembro activo del Estado.
El Socialismo del siglo XXI:
un socialismo repotenciado
El socialismo del siglo XXI es un concepto en
plena construcción. Hace apenas dos años el
Presidente Hugo Chávez se refirió a este nuevo
socialismo, a la vez que invitaba a la discusión
a todas las fuerzas vivas del país con
el fin de irle dando forma a esta propuesta.
Ya ha cobrado vida y la discusión está abierta,
hoy encontramos en Internet 402 mil entradas
que refieren a este tema. Y van en aumento.
El joven socialismo del siglo XXI será criado
colectivamente por todos y todas, sobre la
marcha, gracias a la discusión y a los aportes
que hagamos en su formación. Esto es altamente
positivo ya que no se trata de una receta
impuesta, confeccionada por un pequeño
grupo de notables, reproduciendo lo que sería
una práctica no democrática. Las fuerzas
vivas de nuestro país nunca habían tenido
la oportunidad de participar en el diseño y
velar por el sano crecimiento de un modelo
político y socio-económico a su medida, los
anteriores han sido impuestos.
Aprendiendo de sus ancestros
Si bien nuestro nuevo socialismo acaba de
nacer, es importante destacar que toda la tradición
socialista que se inicia con Karl Marx y
Frederic Engels, pasando por Lenin, Rosa de
Luxemburgo y Antonio Gramsci, entre otros,
juega un papel vertebral en su conformación
ya que constituye la única explicación científica
de la sociedad y, en especial, del capitalismo.
Por esta razón, como mínimo, comparte
las características que hemos explicado para
dicho modelo.
En la aplicación del socialismo científico,
durante el siglo XX, se cometieron muchos
errores. Estos desaciertos condujeron al desplome
de la Unión Soviética. Pero el capitalis
mo, por su esencia depredadora, no ha dejado
de demostrar que su tendencia es acabar con
la vida del planeta, incluyendo al ser humano.
Los principios del socialismo garantizan
la vida y la felicidad del ser humano, ponen
cada cosa en su sitio y devuelve a todos y todas
lo que le originalmente les pertenecía. No
hay otra alternativa que realmente hiera de
muerte al monstruo del capital.
El socialismo científico sigue vigente como
arma de guerra contra la explotación. Los
pueblos lo utilizan en el proceso revolucionario
para hacer justicia. Por eso el Socialismo
del siglo XXI se basa en el viejo socialismo,
pero se adapta a los nuevos tiempos y
lugares, tomando lo bueno de la experiencia
del siglo XX, se enriquece y se amplía con
nuevos conocimientos de otros pueblos y
corrigiendo las tendencias erróneas que nos
obligaron a replegarnos. De esta necesidad
nace el Socialismo del siglo XXI, es el socialismo
“repotenciado”.
Un socialismo ecológico
De las experiencias de aquel socialismo,
también llamado “socialismo real”, el del siglo
XXI toma algunas enseñanzas. El nuevo
socialismo no debe repetir los errores del pasado
como subordinar al ser humano y a la
naturaleza al desarrollo ilimitado de la gran
industria. Por esta razón, esta nueva corriente
del socialismo aboga por sistemas productivos
alternativos, como las pequeñas industrias
locales controladas directamente por la
gente y que respeten la madre naturaleza que
es la fuente de toda la vida.
Un socialismo respetuoso que cree en
los poderes creadores del pueblo
En el Socialismo del siglo XXI, el Estado no
debe reproducir la actitud paternalista. El Estado
que todo resuelve, que suministra todos
los recursos, estimula la pasividad y atrofia
las capacidades creativas de la población. Por
eso el nuevo socialismo, a diferencia del anterior,
deposita todo el poder en la gente a la
hora de tomar decisiones e invoca sus capacidades
creativas y asociativas.
De la mano con el paternalismo está el totalitarismo.
El Estado en el socialismo del siglo
XXI no puede imponer su criterio, coartando
la libertad y los derechos de la población,
negando el sustrato tradicional de los
pueblos. Más bien, debe encarnar la voluntad
popular y velar por la consolidación de
la unidad, basada en el reconocimiento de la
diferencia.
Varios socialismos en uno
Uno de los mayores aportes críticos del
siglo XXI para la construcción del nuevo
socialismo es el reconocimiento de que el
capitalismo y sus males no se superan solamente
con los conocimientos aportados
por el socialismo marxista. Las enseñanzas
de Cuba sobre este particular son notables.
La revolución cubana no se hubiera fortalecido
a través de los años sin el despliegue
de su capacidad de engendrar respuestas
autóctonas a los retos históricos que le ha
tocado superar.
Desde alejadas y distintas regiones, los ríos
tributarios conducen la vida, los nutrientes
y minerales, hasta que confluyen todos en
un gran y majestuoso caudal enriquecido.
De la misma forma, la gran corriente del Socialismo
del siglo XXI se nutre de múltiples
experiencias sociales vividas por distintos
pueblos y colectivos en su lucha contra la
injusticia en otros confines de la geografía
y del tiempo. Muchos de estos grupos han
estado excluidos e ignorados. Al margen de
nuestras experiencias ellos han inventado
sus propias sociedades y no es casual que
hoy busquemos en ellos respuestas a la crisis
de nuestro propio modelo de civilización.
Las palabras de los pueblos indígenas en el
IV Congreso Nacional Indígena (mayo de
2006), parecen responder a nuestro llamado:
A todas las comunidades indígenas,
a todas las naciones y gobiernos del
mundo, a todas las iglesias desde el
corazón de la Maloca de la Amazonía
les anunciamos que la fuerza de los pequeños
es vida del mundo. Como los
arroyos y manantiales que confluyen
en el gran río Amazonas, así desde
los pueblos que nacemos en los cuatro
vientos hemos venido a juntar nuestros
corazones y palabras a orillas de
este río sagrado.
Recientemente, el proyecto socialista del siglo
XXI ha reivindicado los modos de producción
igualitarios de las sociedades indígenas.
Los pueblos indígenas se han perpetuado durante
miles de años sin establecer relaciones
de explotación y sin atentar contra el equilibrio
de la Naturaleza. Son grupos que desde
nuestro punto de vista pueden ser identificados
con el socialismo. Sus formas de vida son
una vasta fuente de saberes para la emancipación
y para construir una sociedad integrada
por seres humanos que no se enfrenten
entre sí ni con la naturaleza, sino que en
tiendan que forman
parte de la misma y
que cualquier daño
que le ocasionen repercutirá
sobre ellos
mismos.
El Socialismo del
siglo XXI pasa también
por la revisión
obligada del pensamiento
emancipador
marxista latinoamericano del siglo XX:
José Carlos Mariátegui (Perú), Julio Antonio
Mella, Fidel Castro Ruz, Ernesto “Che” Guevara
(Cuba), Augusto César Sandino (Nicaragua)
y Farabundo Martí (El Salvador), entre
otros. Tampoco se olvida de la tradición
antiimperialista, donde figuran entre muchos
otros, el pensamiento y los procesos emancipadores
encabezados por Simón Bolívar, Antonio
José de Sucre, José Gervasio Artigas y
José Martí.
Un socialismo feminista
Cuando se habla de reivindicar sectores
marginados, explotados, oprimidos y descalificados
no se puede olvidar a las mujeres.
Muchos siglos antes de la aparición del capitalismo
ya la mujer estaba subyugada por
una ideología aún reinante que favorece y
realza a los hombres, que las excluye del conocimiento,
de la vida pública y las convierte
en objetos, pero a su vez las obliga a trabajar
para ellos. La mujer, en la historia de la humanidad,
ha jugado un papel de primer orden
y, además, en su exclusión se ha hecho
sabia. El nuevo socialismo estaría incompleto
si no reconoce y retribuye especialmente todo
lo que, desde su diferencia, hace la mujer por
la sociedad. El socialismo del siglo XXI, si no
es feminista no es socialismo.
Un socialismo sabio
El socialismo del siglo XXI es una ventana
abierta a un panorama pleno de respuestas
para quienes quieren vencer la injusticia.
Desde allí se divisa a Bolívar al frente de un
pueblo en armas cruzando los Andes para
dar caza al invasor español, los indígenas
americanos defendiendo la Pacha Mama
(madre tierra) con flechas y lanzas, los cimarrones
negros lanzando el yugo, Zamora
gritando “¡Tierra y hombres libres!”, los
barbudos en Sierra Maestra conquistando
la dignidad de Cuba. Más allá está la epopeya
española por construir la República,
la guerra casi eterna del pueblo de Vietnam
contra sus invasores, Mahatma Gandhi
y su gente expulsando a los ingleses de
la India con un rudimentario telar casero
como única arma, Mao Tse-tung al frente
de la Revolución Cultural China y en el
horizonte, Jesús de Nazareth enfrentando
al poderoso Imperio Romano con la frase:
“ama a tu prójimo como a ti mismo”.
Las experiencias de cada país y de cada región
tienen un gran peso en la conformación
de un socialismo adaptado a cada realidad,
porque estas experiencias han dejado su huella
en la conformación del signo cultural distintivo
de cada pueblo y de cada comunidad. Por eso,
más que hablar de una sola fórmula, es más
preciso pensar en los socialismos del siglo XX.
Socialismo a la medida
El Socialismo del siglo XXI en Venezuela
bebe de tres fuentes, de tres referencias, que
son esenciales para entender el proceso que
ha permitido la conformación de nuestra sociedad:
la gesta emancipadora republicana
encabezada por el Libertador, Simón Bolívar;
la revolución federal, representada por Ezequiel
Zamora y el pensamiento de Simón Rodríguez,
el maestro del Libertador.
Del Libertador y su gesta emancipadora se
recoge una caudalosa e inclaudicable corriente
soberanista de resistencia al imperialismo.
La integración de los pueblos latinoamericanos,
hermanados por la Historia, también está
presente en el pensamiento del Libertador y
cobra vigencia hoy, cuando el imperio del capital
busca desunirnos para someternos. El
nuevo socialismo también recoge el inspirado
pensamiento del Libertador en cuanto a la
igualdad y libertad de los ciudadanos y una
República gobernada por la soberanía absoluta
del pueblo.
Ezequiel Zamora ha sido considerado como
un precursor del socialismo en Venezuela. Su
ideario y su obra política y militar han servido
de inspiración para la izquierda desde los
años sesenta, ya que fue un encendido promotor
de una vasta y radical reforma agraria
a mediados del siglo XIX. En 1846, al frente
de un ejército de campesinos desposeídos, se
alzó en armas contra el poder conservador
que encarnaba los intereses de los grandes terratenientes.
Su gesta, hija de Bolívar y los
libertadores, legitimó el principio de que las
armas no están contra el pueblo, por el contrario:
las armas en manos del pueblo son la
garantía de la democracia y la soberanía de
la República.
Simón Rodríguez fue un hombre que se adelantó
a su tiempo. Profundamente influencia
do por las ideas revolucionarias de Rousseau,
defendía la idea de que las nacientes Repúblicas
de América debían inventar sus propias
instituciones. Si por el contrario, copiaban
modelos de otras sociedades sucumbirían en
un error fatal. Propuso un modelo de avanzada
con ideas sobre el funcionamiento de las
escuelas, la forma y el contenido de la educación
que debía impartirse a los niños en los
primeros años.
Un socialismo cristiano
Por encima de todo está Jesús de Nazareth.
Jesús llegó al Medio Oriente a liberar al pueblo
judío de la opresión a la que era sometida
por el Imperio Romano. Esperaban a un
guerrero, como David, pero el liberador no
fue otro que el hijo de un humilde carpintero
y esto marcó el principio de una revolución
que transformó la historia de la humanidad.
En aquel entonces no se hablaba de socialismo,
pero sí de liberación, Jesús predicó el
amor al prójimo como camino de la emancipación.
Esto no era otra cosa que convocar al
pueblo a la unión y a la solidaridad con los
pobres y oprimidos: “Dichosos los sometidos
porque ellos van a heredar la tierra”, “Dichosos
los que tienen hambre y sed de justicia
porque van a ser saciados”, dijo a la multitud.
Fue tremendamente subversivo, como lo
es hoy hablar de justicia social, predicar la
doctrina de la solidaridad con los pobres y la
unión de los débiles en una sociedad donde a
los opresores les convenía disociar a las mayorías
oprimidas y mantener la dependencia
de los pobres. Por esto, Jesús fue ejecutado por
las autoridades imperiales, pero su semilla no
cayó en tierra infértil. Hoy, hasta la ciencia reconoce
que la salvación de la especie depende
de la solidaridad y no de la competencia, de
la igualdad, de la unión, en fin, del amor. Por
esto, el Presidente Hugo Chávez lo reconoce
como el comandante en jefe de la Revolución.
Un socialismo sano,
fuerte y con futuro
En Venezuela, el Gobierno Bolivariano comenzó,
desde 1999, a trabajar hacia la socialización
del bienestar, la participación política
y las oportunidades. Exponente de ese trabajo
es la creación del parlamentarismo de calle y
el funcionamiento de los Consejos Comunales
como órganos populares de decisión y acción.
La renta petrolera ya no es beneficio de
pocos, los venezolanos sienten, por fin, que
Venezuela es de todos. Están en marcha más
de 20 Misiones Bolivarianas con exitosos resultados.
Todas las misiones se corresponden
con la idea socialista. Se ha desarrollado la
producción cooperativista, las empresas de
producción social, hay cada día más empresas
cogestionadas y autogestionadas.
El Socialismo del siglo XXI representa la
profundización y extensión del socialismo en
todas las direcciones: nacionalización y socialización
de distintos rubros de la producción
y de los servicios; difusión y enseñanza de
una ética socialista que destrone definitivamente
al individualismo; reforzamiento de la
auto producción; consolidación de relaciones
de intercambio con nuestros vecinos del sur
basadas en la cooperación, la solidaridad y la
complementariedad. El camino es largo, pero
es el camino, Venezuela ya divisa la cruz del
sur, punteadora del rumbo hacia el socialismo
del siglo XXI.
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del siglo XXI para Venezuela. En
http://www.rebelion.org/noticia.
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Indice
Una larga gestación .................................................. 5
Primeros dolores de parto
y nacimiento ............................................................. 9
El Capitalismo:
explotador por necesidad ...................................... 11
El Socialismo:
igualitario y solidario ............................................ 13
No hay explotación ................................................ 16
El Socialismo del siglo XXI:
un socialismo repotenciado ................................. 20
Un socialismo ecológico ........................................22
Un socialismo respetuoso que cree
en los poderes creadores del pueblo .................. 23
Varios socialismos en uno .....................................24
Un socialismo feminista ........................................26
Un socialismo sabio ............................................... 27
Socialismo a la medida ..........................................28
Un socialismo cristiano ......................................... 30
Un socialismo sano,
fuerte y con futuro.................................................. 31
EL SOCIALISMO HOY
Pensar el Comunismo, el Socialismo hoy: Actualidad de la revolución y ad-venir del Socialismo. Anotaciones desde una perspectiva marxiana (y latinoamericana)
Autor: Admin
Autor: Aldo Casas * **
¿Es correcto seguir hablando de la actualidad de la revolución en esta fase histórica signada por una relación de fuerzas desfavorable y el notorio déficit teórico y estratégico de los trabajadores en general y las organizaciones de izquierda en particular? Y en tal caso, ¿qué "rango" o alcance tiene semejante caracterización? ¿Qué conclusiones prácticas pueden derivarse? Creo que en torno a estas cuestiones puede desarrollarse una fecunda discusión y espero que este artículo ayude a suscitarla. No constituye un ensayo acabado, sino más bien anotaciones que resultan de un doble empeño: elucidar el curso de la lucha de clases en Latinoamérica con la ayuda de una determinada perspectiva marxiana y re-pensar esta tradición teórico-política para desarrollarla en función de responder a los desafíos de la lucha de clases en lo que algunos estudiosos consideran nuevo "momento constitutivo" de las sociedades latinoamericanas, desafíos cuyo desenlace podría fundar por largo tiempo el "modo de ser" del continente.[1]
El horizonte marxiano (mirando desde el sur)
No se me escapa que existen diversos "marxismos" y que el legado de Marx mismo es polémico y polifónico. Un Marx empeñado en asimilar y discutir con la ciencia de su época; un Marx que utiliza y discute la rica tradición filosófica que suele denominar deutschen Wissenchaft (o sea, "ciencia alemana") para resistir la avasallante influencia del positivismo; un Marx que discute con los dirigentes obreros de su época, con su amigo-colaborador Engels y consigo mismo. Un Marx que no se concede reposo en la permanente tarea de interpretar y combatir los fetiches y enigmáticos desplazamientos del capital, siempre presentes y siempre cambiantes. Considero además insensata la pretensión de volver a un Marx "puro", como si no existieran las mil y una lecturas e interpretaciones que alentó, inspiró o posibilitó, como si pudieran ignorarse las prácticas políticas que durante un siglo y medio fueron referenciadas para bien y para mal (sobre todo para mal) con su obra. En suma, es inevitable que el "marxismo" exista a través de interpretaciones, porque lo que Marx legó en gran medida fue un lenguaje, una empresa crítico-revolucionaria, un proyecto abierto, un combate en desarrollo.
Digo entonces que, como parte de ese combate que se libra en múltiples frentes y tiene desarrollos en gran medida imprevistos, "mi" interpretación (una interpretación colectiva, como es obvio) recupera y destaca los trazos gruesos de un marxismo que no es liberticida sino, más bien, libertario. Y que, por añadidura, se asume "situado": como en todo el mundo, pero más que en el resto del mundo, nuestro marxismo anticapitalista debe ser apuntado también y al mismo tiempo contra el eurocentrismo y la colonialidad del poder.[2]
En el comienzo, fue la crítica…
Para inscribir estas notas en el horizonte más general de la reflexión marxiana que reivindicamos, es conveniente comenzar por refutar, una vez más, la persistente leyenda que -utilizando expresiones ocasionales o sacadas de contexto- insiste en presentar a Carlos Marx como el fundador de una "Filosofía de la Historia" teleológica, orientada por la supuesta ineluctabilidad del comunismo. Por el contrario, el conjunto de su trabajo constituye un formidable y perdurable aporte a la comprensión de la humana autoconstrucción condicionada de la historia, integrando la tensión entre el carácter teleológico de los actos individuales y la causalidad que opera a nivel de la reproducción social total.
Nuestro Marx tampoco es el artífice de una nueva concepción económica destinada a competir con los teóricos de la burguesía o fundar una supuesta "economía socialista". Lo que muchos consideraron una obra "económica" fue en realidad una crítica continuamente renovada, y no sólo de la "economía política". Marx, como bien señala Jean-Marie Vincent:
(…) no podía conformarse con criticar tal o cual tesis de Adam Smith o de Ricardo: debía también elucidar la relación de la economía en tanto realidad social, en cuanto construcción social de representaciones y como conjunto simbólico opaco y opresivo […] la crítica de la economía política no puede ser una teoría económica mejor ni la búsqueda de leyes positivas de la economía. Sólo puede ser otra manera de pensar la economía o, más aún, otra manera de pensar las relaciones entre actividad teórica y sociedad.[3]
Tan ambicioso fue su empeño crítico, que estuvo lejos de llevarlo hasta el fin.
En primer lugar porque Marx no escribió ese libro llamado El capital, sino que fue más bien el autor de cuatro redacciones de El capital: todas distintas y todas inacabadas.[4] En segundo lugar, porque la expansión del capital nunca se detuvo y "el hacerse mundo del capital, que es también el hacerse capital del mundo" pone de manifiesto limitaciones que en otros momentos pasaron inadvertidas.[5]
Sin embargo, nada de eso opaca su formidable legado: Marx develó las razones por las cuales el capital (relación social a través de la cual el objeto producido deviene sujeto y comando sobre el productor) implica la incontrolabilidad de la vida social. Esta escisión antagónica produce y reproduce continuamente el fetichismo y la alienación que se proyectan desde la mercancía y el dinero hasta el Estado. Penetrando más allá de las apariencias, pudo asimismo advertir que la igualdad política de los ciudadanos encubría las desigualdades sustanciales que existen en la sociedad capitalista "pues el poder político es precisamente la expresión oficial de la contradicción de clase dentro de la sociedad civil." [6] De allí, finalmente, la comprensión de que la emancipación humana implica quebrar esa dominación del capital, revolucionando también el poder político que, disueltos los antiguos lazos de dependencia personal característicos del feudalismo, se construyó (y se recrea permanentemente) sobre la base del antagonismo moderno. La trayectoria que va desde sus escritos juveniles a los trabajos póstumos es inconmensurable, original y en continuo desarrollo. Ello fue así, en gran medida, porque la crítica de Marx fue siempre radical, y ello en un sentido muy preciso que es necesario rescatar:
Es cierto que el arma de la crítica no puede sustituir a la crítica de las armas, que el poder material tiene que derrocarse por el poder material, pero también la teoría se convierte en poder material tan pronto como se apodera de las masas. Y la teoría es capaz de apoderarse de las masas cuando argumenta y demuestra ad hominem, y argumenta y demuestra ad hominem cuando se hace radical. Ser radical, es atacar el problema por la raíz. Y la raíz, para el hombre, es el hombre mismo.[7]
Revolución social, comunismo, auto-transformación
Partidario de la revolución social, Marx asumió la necesidad de la lucha política sin dejar de lado una crítica sustancial de la misma. A la idealización de la política como supuesto terreno de comunicación y realización humana, opuso la sólida convicción de que constituía en realidad una "mala mediación". No superación, sino más bien expresión de las limitaciones materialmente ancladas en el antagonismo social que impiden a los hombres manifestarse plenamente como tales.
Desde los tempranos textos que reflejan y expresan su pasaje al comunismo, Marx aporta (¡revolución en la revolución!) un enfoque innovador tanto de la revolución como del comunismo. Lejos de considerarse el profeta de un paradisíaco tiempo futuro, sostuvo que "el comunismo no es un estado que deba implantarse, un ideal al que haya que sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual."[8] Y en el Manifiesto se repite:
Los comunistas […] No proclaman principios especiales a los que quisieran amoldar al movimiento proletario […] Las tesis teóricas de los comunistas no se basan en modo alguno en ideas o principios inventados o descubiertos por tal o cual reformador […] No son sino la expresión del conjunto de las condiciones reales de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que se está desarrollando ante nuestros ojos.[9]
Basta escribirlo, para advertir que existe un abismo entre esas palabras y la mayor parte de lo dicho y hecho por las grandes fuerzas políticas que actuaron en su nombre durante un siglo y medio. Pese a lo cual (o tal vez precisamente por eso) pienso que es tiempo de retomar la perspectiva comunista postulada no ya como un modelo social impuesto (y fracasado), sino más bien como realidad en devenir.
Por su trascendencia, la cuestión merece un examen detenido. Para Marx (y así debe ser también para nosotros) la revolución es emancipación de los oprimidos, o deja de serlo. Revolución es, por lo tanto, empeñarse en una transformación total: la creación de una nueva sociedad.[10] Porque el mundo del capitalismo nos expropia, nos desvaloriza y tiende a convertirnos en nada, debemos cambiar todo, y nadie puede hacerlo por nosotros. Como Marx y Engels sostuvieron desde 1840, y lo inscribiera en sus Estatutos la Asociación Internacional de los Trabajadores, en los albores del movimiento: "La emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma". Pero este principio nos enfrenta con un desafío que parece casi insuperable: debemos generar masivamente la conciencia de que se necesita ese cambio total, realizando para ello y al mismo tiempo dicho cambio… Marx lo "resumió" de una manera tan elocuente como enigmática, escribiendo:
(…) que, tanto para engendrar en masa esta conciencia comunista como para llevar adelante la cosa misma, es necesaria una transformación en masa de los hombres, que sólo podrá conseguirse mediante un movimiento práctico, mediante una revolución; y que, por consiguiente, la revolución no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que está hundida y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases.[11]
¿Cómo resolver el acertijo? Puede ayudarnos prestar la debida atención al "movimiento histórico que se está desarrollando ante nuestros ojos", por cuanto en América Latina se está produciendo una confusa pero vital irrupción de las clases subalternas, animando movimientos y prácticas sociales con una potencia que, más allá de ambigüedades y contradicciones, contrasta con la continuada y repetitiva descomposición de las políticas "institucionales" (sirvan como ejemplo los discursos de los partidos de "izquierda" y "centroizquierda" en el llamado Foro de San Pablo, o la orientación de los gobierno de Lula, Tabaré o Bachelet…). Y son muchos los movimientos sociales que, chocando con las políticas represivas o clientelares del poder establecido, advierten que "la política está en otra parte", buscan articular "otra política" y exploran formas de democracia directa a través de las cuales individuos de concretas comunidades deliberan y resuelven de manera colectiva cuestiones atinentes a su vida cotidiana y existencia material… No es correcto idealizar estas diversificadas experiencias y construcciones, como suelen hacer algunas vertientes del "autonomismo", porque es evidente que en ningún caso han logrado "soluciones" duraderas y tras cualquier conquista parcial los problemas de la explotación y opresión apremian como siempre. Sin embargo, es preciso asumir y reivindicar estos movimientos y luchas por algo que, siendo muy sencillo y aún evidente, muchos izquierdistas dogmáticos y sectarios no pueden entender: estos movimientos sociales no han resuelto los problemas de fondo, pero sí han comenzado a cambiar el terreno y los términos en que dichos problemas se plantean. Su gran importancia reside en que constituyen genuinas aproximaciones a una práctica revolucionaria, y en este sentido preciso podremos ayudar a desarrollarlas asumiendo esta preciosa indicación de Marx: "La coincidencia del cambio de las circunstancias y de la actividad humana o auto-cambio sólo puede ser entendida y racionalmente comprendida como práctica revolucionaria."[12]
La clave es entender y asumir la práctica revolucionaria.
Esto debe prevenirnos contra la aceptación ingenua de "lo dado" (como si el grado de organización y acción en cada momento fueses genuina expresión de los intereses y voluntad de los trabajadores), así como también contra la no menos simplista idea de que todo se resuelve con "la lucha". Porque si es cierto que todas las luchas son importantes, no es menos evidente que por sí mismas no indican un camino, no destruyen el fetichismo y las representaciones socialmente aceptadas bajo las cuales (mal)vivimos. La experiencia histórica nos indica que ni siquiera los momentos de grandes convulsiones y crisis del orden establecido aseguran el pasaje a nuevas prácticas y a otra visión de la sociedad y el mundo, porque estas construcciones sociales no caen del cielo, ni de alguna inspirada consigna. Requieren una esforzada preparación revolucionaria que, bueno es aclararlo, no puede ser aportada ni dirigida "desde afuera". Citando nuevamente a Jean-Marie Vincent:
(…) las acciones colectivas deben ser, permanentemente, transformadoras de las relaciones en que están insertos los grupos sociales y los individuos explotados. Las acciones colectivas, incluso cuando son defensivas, no deben limitarse a lo inmediato, sino poner en movimiento procesos que apunten a cambiar en profundidad los posicionamientos de unos y otros.
Y se requiere también
(…) una lucha contra la fragmentación de los puntos de vista poniendo en evidencia sus enlaces, una lucha por la totalización de experiencias dispersas, contra las separaciones fetichistas entre política y economía o vida privada y vida pública. Y todo esto debe ser claramente dirigido contra la vida que no vive, contra la vida que no se vive si no es olvidándola, y retomando el tema de cambiar la vida mediante el cambio de las prácticas y mediante la transformación de los individuos y sus relaciones.[13]
Libertad comunista
Pienso que la batalla por el comunismo así asumida es consustancial de una concepción y reivindicación de libertad que desborda el enfoque liberal de la libertad individual contingente y potencia la tendencia de los hombres a liberarse de la necesidad para reapropiarse de una libertad verdadera y socialmente compartible. Y encuentro que semejantes perspectiva y tendencia palpitan en las nuevas formas de organización y lucha que irrumpen "desde abajo y a la izquierda" (el dicho es de los zapatistas) a lo largo y ancho de nuestro continente. Este aspecto del combate adquiere gran importancia por una suma de razones, que van desde la necesidad de enfrentar los ominosos mecanismos de vigilancia y represión que las potencias "democráticas" han puesto en marcha en el marco de la infinita "guerra contra el terrorismo", el balance enteramente crítico que debe merecernos el carácter opresivo y represivo que tuvieron los regímenes del mal llamado "socialismo real", así como también, last but not least, el burocratismo autoritario que se ha impuesto y reina en prácticamente todas las grandes organizaciones políticas y sindicales del movimiento obrero.
Debemos retomar y valorar el combate por la libertad.
Giuseppe Prestipino, que aborda con profundidad y rigor esta cuestión, recuerda que ya el Manifiesto definía al comunismo como "una asociación en la que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición para el libre desenvolvimiento de todos." [14] Repasa luego los aportes de marxistas que reconociendo el valor no contingente de algunas "libertades negativas", privilegiaron muy justificadamente la lucha por una libertad positiva entendida como la libertad común de cada uno y de todos, que incrementa la de todos y cada uno. Y presenta la noción de la libertad comunista en estos términos: la libertad (de hacer, de tener, de saber, de deliberar) que consigo para mí es mayor si todos la obtienen igualmente e, inversamente, si no oprimo directa o indirectamente a otro, también yo soy más libre; si el otro no es un sujeto alienado, mayor será también mi dignidad.
El reconocimiento marxiano de la libertad, concebida sobre todo como tendencia o movimiento, tiene diversas facetas o niveles. Libertad, como conciencia y manejo de la necesidad, con la mediación dialéctica del trabajo. Libertad, como conquistada libertad común de los individuos asociados… Y es un progreso teórico y político advertir que la libre voluntad se verifica también y sobre todo en el reconocimiento, no ya de la necesidad, sino de los posibles.[15] Gramsci en particular subrayó que la voluntad política deja de ser un registro de supuestas necesidades unívocas, para convertirse ella misma en uno de los llamados "factores objetivos", elevándose al nivel de una voluntad capaz de hacer una síntesis entre sí misma y el conjunto de los condicionamientos objetivos. Afirmando que la libertad es la dialéctica de toda la historia humana, pero que en determinado momento histórico se hace también "consciente de serlo", nos indica que a la dialéctica entre necesidad y libertad se suma una dialéctica superior entre libertad "objetiva" y conciencia "subjetiva" de la libertad.[16]
En suma, la marxiana crítica de las libertades formales no conduce al "liberticidio", sino a la conjugación de las "libertades menores" en una libertad mayor que es la libertad de contribuir a la construcción de una "voluntad general" capaz de revolucionar el actual ordenamiento social, lo que exige un genuino pluralismo socialista:
(…) la condición elemental para la puesta en práctica de de los principios de una transformación socialista […] es la producción de una conciencia de masas socialista como única forma factible del auto-desarrollo de la acción en común. Y esta última, claro está, tan sólo puede surgir de los constituyentes verdaderamente autónomos y coordinados (no dominados y manipulados jerárquicamente) de un movimiento inherentemente pluralista.[17]
Ir más allá del capital
Si queremos hacer la revolución, debemos se capaces de impulsar una práctica revolucionaria incluso bajo relaciones de fuerza desfavorables, y mantener en todo momento presente la perspectiva histórica explicitada por Marx. El capitalismo como sistema conformado históricamente (y el sistema de metabolismo social del capital, a otro nivel de análisis) se basan en una especie de trípode, cuyos pilares constitutivos son el capital, el trabajo asalariado y el Estado. Ricardo Antunes ha escrito que tanto la teoría como la experiencia histórica que deja la desaparición de la URSS indican que el multiforme enemigo contra el cual se levantan nuestros pueblos "no puede ser superado sin la eliminación del conjunto de los elementos que comprenden este sistema. No basta con eliminar uno o dos de sus polos. El desafío es superar a los tres elementos, entre los que está incluida la división social jerárquica del trabajo, que subordina el trabajo al capital."[18] En igual sentido, el cubano Guillermo Valdés Gutiérrez nos dice que "el reto del socialismo es ir más allá de la lógica del capital, superar lo que llamamos sistema múltiple de dominación del capital."[19]
Por otra parte, para lograrlo no basta con una perspectiva histórica, por correcta que sea. Es preciso ayudar a construir desde abajo una alternativa política que vaya más allá del capital, y debemos evitar las formas de organización y acción que, incluso sin quererlo, vuelven a encerrarnos en los marcos de la vieja política, con sus prácticas e instituciones. Formular otra política comienza por advertir que (más allá de las dispares formas y contenidos que asume en cada uno de nuestros países) existe una profunda "crisis de la política". Es una crisis de legitimidad articulada con la crisis estructural del capitalismo como modo de reproducción metabólica social que implica también la crisis de sus marcos estatales de regulación y control. Como resultante más o menos imprevista de esta crisis estructural, de la descomunal ofensiva en que el capital está empeñado desde la "revolución conservadora" de los años ’80 y de las resistencias que la misma despierta, asistimos a un cambio histórico en las condiciones del antagonismo entre capital y trabajo, y a lo que algunos llaman crisis civilizatoria. En Latinoamérica esto se siente con particular agudeza, y empuja a que explotados y oprimidos busquen nuevas y diferentes formas de reivindicar sus intereses vitales. De hecho, por primera vez en la historia se revela imposible mantener una muralla entre reivindicaciones inmediatas y objetivos estratégicos generales (separación que en el pasado facilitó diversas mistificaciones que contribuyeron a bloquear al movimiento obrero tradicional y lo condujeron al callejón sin salida del reformismo). Se coloca en la agenda histórica de "los de abajo" el imperativo impostergable de dar pasos hacia el control de un orden social metabólico alternativo a las contradicciones crecientemente destructivas del capital, lo que implica ir poniendo en pie las mediaciones políticas y materiales que para ello sean necesarias en cada situación concreta.[20]
Transiciones en Latinoamérica
En los diversificadas y complejos procesos de lucha de clases que recorren nuestro continente, debemos prestar particular atención a lo que llamo el ad-venir del socialismo. Quiero decir, recuperar la capacidad de escudriñar la realidad de modo tal que nos permita contribuir a que, "en la lucha contra el actual estado de cosas" se afirmen elementos, bases o puntos de apoyo de una socialidad distinta… Esto constituye un punto de referencia decisivo: no tanto lo que estaría por-venir en algún indeterminado momento futuro, sino lo que ya está ocurriendo, lo que hoy mismo está incorporándose a la realidad con las luchas y reclamos de la gente. Pensar en el ad-venir del socialismo enriquece la perspectiva y la concepción misma de transición adquiere nuevas dimensiones, en relación con la tarea de pensar y explorar formas de lucha y de organización, maneras de producir y de establecer relaciones sociales radicalmente distintas para enfrentar la crisis en su doble dimensión de crisis estructural del capital y crisis civilizatoria.
Lo que ha venido ocurriendo en Venezuela es muy ilustrativo y, como escribe Miguel Mazzeo
La Revolución Bolivariana nos convoca a pensar-actuar en términos de transición, costumbre que había caído en desuso, categoría de arriesgada frecuentación. El pasaje de la necesidad a la libertad no se puede concebir como un acto único, abrupto y unidireccional. Existen mediaciones. Y existen porque el proceso de construcción del socialismo no se desarrolla en el vacío, sino en el marco de una determinada realidad histórica. La conciencia de amplios sectores que están protagonizando la revolución es auspiciosa: se ven a sí mismos transitando los primeros tramos de un proceso de construcción contra-hegemónica.
La transición venezolana tuvo, tiene y tendrá brillos y opacidades. Jamás podrá ser lineal e incontaminada, dado que se trata, nada más y nada menos, de salir del capitalismo, de su cultura totalizante, de sus lógicas que combinan la explotación, la dominación y la reproducción. Se trata de construir una visión latinoamericana del socialismo y un nuevo paradigma emancipador.[21]
Se podrá replicar que nada de eso se parece a la Revolución de Octubre de 1917, ni a la Revolución China, ni a la Cubana; se dirá que no existen ni Partido Bolchevique, ni Ejército Popular de Liberación, ni Comandancia Guerrillera... Es cierto, y sin embargo, allí está la revolución: casi diría que no parecerse a las anteriores no representa una carencia sino una confirmación adicional de su potencialidad. Después de todo, fue Marx quien nos previno que, lejos de sujetarse a cualquier "modelo" las revoluciones proletarias
(…) se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos.[22]
Por lo tanto, debemos estar dispuestos a reformular nuestras hipótesis estratégicas. Sobre esta cuestión, conviene comenzar con una doble delimitación. Discrepo con quienes insisten en llamados (de manera abstracta e intemporal, por añadidura) a "la toma del poder", porque teórica y prácticamente se ha puesto en evidencia que ni "el poder" ni "el Estado" pueden ser tratados como una cosa u aparato que deberíamos arrebatar a la burguesía y poner a funcionar para la revolución. Tampoco coincido con la formulación de "cambiar el mundo sin tomar el poder", porque deja de lado las mediaciones necesarias para enlazar la idea de la revolución con las exigencias de un combate efectivo contra el capital y su Estado y porque se desentiende de la batalla por construir la fuerza o bloque social contra-hegemónico con el poder de cambiar el mundo.
Personalmente, me considero tributario de la rica tradición teórico-política del "consejismo" en su más amplio sentido[23] y de las "lecciones" derivadas de una extensa experiencia latinoamericana.[24] Pero precisamente porque valoro todo ello, siento que insistir en la idea más o menos clásica del "doble poder"[25] tiene limitada utilidad. A la luz de la situación, experiencia y conciencia actual del movimiento obrero, es muy poco creíble la perspectiva cultivada por pequeñas organizaciones que privilegian su fortalecimiento por encima de cualquier otra construcción, suponiendo que, llegado el momento, la crisis hará que broten organismos de tipo soviético listos para que "la dirección revolucionaria" los conduzca en el asalto al poder. Por otra parte, incluso si admitiéramos que por alguna imprevisible combinación de circunstancias se concretara tan improbable hipótesis, cabe preguntarse: ¿semejante "poder" tendría realmente la capacidad de impulsar la reconstrucción radical de la sociedad? Creo que la respuesta debe ser negativa. Y digo que debemos apostar y aportar, en cambio, a un proyecto que articule utopía y realismo de un modo original: un realismo a largo plazo, que nos prepare estratégicamente para librar una batalla de muy largo aliento, hasta forzar un cambio general en la correlación de fuerzas que permita infligirle derrotas decisivas al capitalismo imperialista. Y una utopía "corta" que nos permita "soñar con los ojos abiertos" al afrontar las tareas inmediatas, asumiéndolas con espíritu insumiso y buscando en cada fisura o grieta del sistema, tal y como ya se dijo, ir más allá del capital.[26]
Esto implica, por ejemplo, contribuir desde ahora la tarea de construir contra-poderes o instancias de poder popular, organismos de carácter unitario capaces de impulsar a nivel local o sectorial prácticas alternativas tendencialmente en ruptura con las mediaciones del mercado y el Estado, que se empeñen en articular las diversas organizaciones con actuación en un mismo territorio y busquen coordinarse con otros similares hasta desarrollar una auto-organización nacional, eventualmente capaz de enfrentar la autoridad del Estado. Obviamente, se tratará de un complejo proceso jalonado por enfrentamientos, progresos y derrotas cuyo detalle es imposible prever anticipadamente. La apuesta reside en que la construcción de estas expresiones de poder popular (u obrero-popular), que adquirirán seguramente formas organizativas y denominaciones diversas y cambiantes, permita asumir y dar relativa estabilidad a experiencias que apunten a la reapropiación comunitaria de las condiciones de existencia y praxis social, a escala creciente, en un movimiento que será también afirmarse como fuerza social y política con un poder que nace de la reapropiación y gestión democrática de diversos engranajes de la vida social (emprendimientos productivos, cooperativas, gestión de determinados servicios públicos, experiencias de control y autogestión revolucionaria, asociaciones culturales, etcétera). Así concebida, una hipótesis estratégica de construcción de poder popular podrá enlazar, en un mismo proceso: a) el empeño por contrarrestar la actual disgregación y heterogeneidad de la-clase-que-vive-de su-trabajo, asumiendo un combate social-político que desborde todo "corporativismo", b) el desarrollo de una subjetividad revolucionaria y c) la construcción de organizaciones populares autónomas capaces de ganar reconocimiento y fuerza. Esta fuerza del poder popular podrá tener diversas formas y manifestaciones, pero en todos los casos surgirá de la creación de nuevos lazos sociales entre los oprimidos y explotados, al resistir juntos las presiones del capital y desplegar comunicaciones ajenas a los dictados del mercado y la lógica de la valoración.
Esta orientación permitiría también enlazar el trabajo paciente apuntado a cambiar una desfavorable relación de fuerzas entre las clases, con la audaz afirmación de la actualidad de la revolución y el impulso de lo que he denominado ad-venir del socialismo. Como bien escribe Valdez Gutiérrez: "De los pequeños, continuos y diversos saltos que demos hoy en nuestras luchas cotidianas y visiones de sociedad, emergerá el salto cultural-civilizatorio que nos coloque en esa deseada perspectiva histórica que rescatará y dignificará al socialismo en este siglo."[27]
Diré para terminar, con José Carlos Mariátegui: "No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano". Sin olvidar, como el mismo Amauta nunca lo olvidó, que no podremos hacerlo solos. La empresa es internacional e internacionalista.
* Una primer versión de estas reflexiones, enviadas como aporte a la discusión organizada los días 9 y 10 de diciembre de 2006 en París por las revistas Carré rouge, A Contre-Courant, L’Emancipation Sociale y  l’Encontre, fue publicada en Nuevo Rumbo nº 22. Considerablemente modificado, el presente artículo sigue siendo un material de trabajo más que la exposición de posiciones acabadas. Agradeceré comentarios y observaciones: aromero@herramienta.com.ar
**· Integrante del Consejo de redacción de Herramienta y miembro de del colectivo Cimientos.
[1] Categorías de René Zavaleta, tomadas de José Gandarilla: Globalización, totalidad e historia. Ensayos de interpretación crítica, Buenos Aires, Ediciones Herramienta-UNAM, 2003, pág. 88.
[2] Ver "Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina", de Aníbal Quijano, en Edgardo Lander (compilador): La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas. Buenos Aires, CLACSO, 2000.
[3] Jean-Marie Vincent: Un Autre Marx. Après les marxismes, Lausana, Ed. Page deux, 2001, págs. 98 y 100.
[4] Enrique Dussel: La producción teórica de Marx. Un comentario a los Grundrisse; Hacia un Marx desconocido. Un comentario de los Manuscritos del 61-63; El último Marx (1863-1882) y la Liberación Latinoamericana, México, Siglo XXI editores, 1985, 1988, 1990.
[5] Vayan dos ejemplos: István Mészáros advierte la carencia de una teoría de la transición y para suplirla escribe Más allá del Capital. Hacia una teoría de la transición, Valencia-Caracas, Vadell ed., 2001; Alain Bihr, en La reproduction du capital (2 tomos), Lausana, Ed. Page deux, 2001, se propone profundizar la crítica de la reproducción del capital como relación social y las mediaciones "extraeconómicas" que ella implica.
[6] Carlos Marx: Miseria de la filosofía, Buenos Aires, Ed. Cartago, 1987, pág. 137.
[7] Carlos Marx, "En torno a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, y otros ensayos" en C. Marx -F. Engels: La sagrada familia, México, Ed. Grijalbo, 1984, pág. 10.
[8] Ídem, pág. 37.
[9] C. Marx y F. Engels: Manifiesto Comunista, Buenos Aires, Ed. Pluma, 1974, págs. 79 y 80.
[10] Ver Marx, Miseria de la Filosofía, Buenos Aires, Ed. Cartago, 1987, pág. 137.
[11] C. Marx y F. Engels, La ideología alemana, Buenos Aires, Ed. Pueblos Unidos, 1975, pág. 82.
[12] La cita corresponde a la tercera de las "Tesis sobre Feuerbach". Georges Labica destaca la importancia de la palabra "auto-cambio" [Selbstveränderung], que fuera omitida en la versión corregida por Engels, y explica: "El cambio es auto-cambio. La práctica revolucionaria lo evidencia, porque es su realización […] La auto transformación es el proceso ininterrumpido de la revolución, siempre operativo en la práctica […] Acá está el origen de la idea de auto-emancipación del proletariado." (en: Karl Marx. Les Thèses sur Feuerbach, París, PUF, 1987, págs. 55-65).
[13] Jean-Marie Vincent, Revista Viento Sur Nº 78, diciembre 2004, www.vientosur.info
[14] Giuseppe Prestipino, Realismo e Utopia, Roma, Ed. Riuniti, 2002, pág. 91.
[15] Ob. cit. Especialmente "Discorrendo de comunismo e libertá".
[16] Antonio Gramsci: Cuadernos de la cárcel, México, ERA-Univ. de Puebla, 6 tomos 1981-1999, Vol. 4, pág. 130.
[17] István Mészáros: Más allá…ob. cit., pág. 799.
[18] Ricardo Antunes: Los sentidos del trabajo, Buenos Aires, Ed. Herramienta-TEL, 2005, pág. 203.
[19] Guillermo Valdez Gutiérrez: "Desafíos de la sociedad Más allá del capital", Revista cubana de filosofía. Edición digital Nº 7, septiembre-diciembre 2006, http://www.filosofiacuba.org
[20] István Mészáros: El Siglo XXI ¿Socialismo o Barbarie?, Buenos Aires, Ed. Herramienta, 2003, págs. 90/92.
[21] Miguel Mazzeo: "La revolución bolivariana y el poder popular", en Nora Ciapponi, Guillermo Cieza y otros: Venezuela ¿la revolución por otros medios?, Buenos Aires, Dialektik Ed., 2006, pág. 51.
[22] Carlos Marx, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, Buenos Aires, Ed. Polémica, 1972, pág. 20.
[23] Incluyo en esta "tradición" tanto a la experiencia "soviética" teorizada por Lenin y Trotsky, como a sus críticos "izquierdistas" -Luxemburgo, Korsch, Mattik…- y al original enfoque de Gramsci.
[24] Algunos ejemplos: los "Cordones Industriales" en Chile, en Bolivia la COB y sus milicias o posteriormente la CSUTCB y su control territorial. Y en la Argentina, desde los "Plenarios con barra de las 62" y Huelgas generales en tiempos de la resistencia peronista, a las "ocupaciones" o "toma de fábricas con rehenes" durante la década del 60 y los desarrollos que con la marca del "clasismo" culminaron en las "Coordinadoras" de 1975.
[25] Entendida como situación excepcional, limitada al momento de crisis revolucionaria y que muy rápidamente debe resolverse en el pleno restablecimiento del poder burgués o la victoria político-militar del "soviet".
[26] El párrafo retoma una formulación de Edgardo Logiudice, inspirada a su vez en algún pasaje del ya citado libro de Prestipino... Pero se trata de una "libre interpretación" de la que soy único responsable.
[27] Gilberto Valdez Gutiérrez, ob. cit.
Autor: Admin
Autor: Aldo Casas * **
¿Es correcto seguir hablando de la actualidad de la revolución en esta fase histórica signada por una relación de fuerzas desfavorable y el notorio déficit teórico y estratégico de los trabajadores en general y las organizaciones de izquierda en particular? Y en tal caso, ¿qué "rango" o alcance tiene semejante caracterización? ¿Qué conclusiones prácticas pueden derivarse? Creo que en torno a estas cuestiones puede desarrollarse una fecunda discusión y espero que este artículo ayude a suscitarla. No constituye un ensayo acabado, sino más bien anotaciones que resultan de un doble empeño: elucidar el curso de la lucha de clases en Latinoamérica con la ayuda de una determinada perspectiva marxiana y re-pensar esta tradición teórico-política para desarrollarla en función de responder a los desafíos de la lucha de clases en lo que algunos estudiosos consideran nuevo "momento constitutivo" de las sociedades latinoamericanas, desafíos cuyo desenlace podría fundar por largo tiempo el "modo de ser" del continente.[1]
El horizonte marxiano (mirando desde el sur)
No se me escapa que existen diversos "marxismos" y que el legado de Marx mismo es polémico y polifónico. Un Marx empeñado en asimilar y discutir con la ciencia de su época; un Marx que utiliza y discute la rica tradición filosófica que suele denominar deutschen Wissenchaft (o sea, "ciencia alemana") para resistir la avasallante influencia del positivismo; un Marx que discute con los dirigentes obreros de su época, con su amigo-colaborador Engels y consigo mismo. Un Marx que no se concede reposo en la permanente tarea de interpretar y combatir los fetiches y enigmáticos desplazamientos del capital, siempre presentes y siempre cambiantes. Considero además insensata la pretensión de volver a un Marx "puro", como si no existieran las mil y una lecturas e interpretaciones que alentó, inspiró o posibilitó, como si pudieran ignorarse las prácticas políticas que durante un siglo y medio fueron referenciadas para bien y para mal (sobre todo para mal) con su obra. En suma, es inevitable que el "marxismo" exista a través de interpretaciones, porque lo que Marx legó en gran medida fue un lenguaje, una empresa crítico-revolucionaria, un proyecto abierto, un combate en desarrollo.
Digo entonces que, como parte de ese combate que se libra en múltiples frentes y tiene desarrollos en gran medida imprevistos, "mi" interpretación (una interpretación colectiva, como es obvio) recupera y destaca los trazos gruesos de un marxismo que no es liberticida sino, más bien, libertario. Y que, por añadidura, se asume "situado": como en todo el mundo, pero más que en el resto del mundo, nuestro marxismo anticapitalista debe ser apuntado también y al mismo tiempo contra el eurocentrismo y la colonialidad del poder.[2]
En el comienzo, fue la crítica…
Para inscribir estas notas en el horizonte más general de la reflexión marxiana que reivindicamos, es conveniente comenzar por refutar, una vez más, la persistente leyenda que -utilizando expresiones ocasionales o sacadas de contexto- insiste en presentar a Carlos Marx como el fundador de una "Filosofía de la Historia" teleológica, orientada por la supuesta ineluctabilidad del comunismo. Por el contrario, el conjunto de su trabajo constituye un formidable y perdurable aporte a la comprensión de la humana autoconstrucción condicionada de la historia, integrando la tensión entre el carácter teleológico de los actos individuales y la causalidad que opera a nivel de la reproducción social total.
Nuestro Marx tampoco es el artífice de una nueva concepción económica destinada a competir con los teóricos de la burguesía o fundar una supuesta "economía socialista". Lo que muchos consideraron una obra "económica" fue en realidad una crítica continuamente renovada, y no sólo de la "economía política". Marx, como bien señala Jean-Marie Vincent:
(…) no podía conformarse con criticar tal o cual tesis de Adam Smith o de Ricardo: debía también elucidar la relación de la economía en tanto realidad social, en cuanto construcción social de representaciones y como conjunto simbólico opaco y opresivo […] la crítica de la economía política no puede ser una teoría económica mejor ni la búsqueda de leyes positivas de la economía. Sólo puede ser otra manera de pensar la economía o, más aún, otra manera de pensar las relaciones entre actividad teórica y sociedad.[3]
Tan ambicioso fue su empeño crítico, que estuvo lejos de llevarlo hasta el fin.
En primer lugar porque Marx no escribió ese libro llamado El capital, sino que fue más bien el autor de cuatro redacciones de El capital: todas distintas y todas inacabadas.[4] En segundo lugar, porque la expansión del capital nunca se detuvo y "el hacerse mundo del capital, que es también el hacerse capital del mundo" pone de manifiesto limitaciones que en otros momentos pasaron inadvertidas.[5]
Sin embargo, nada de eso opaca su formidable legado: Marx develó las razones por las cuales el capital (relación social a través de la cual el objeto producido deviene sujeto y comando sobre el productor) implica la incontrolabilidad de la vida social. Esta escisión antagónica produce y reproduce continuamente el fetichismo y la alienación que se proyectan desde la mercancía y el dinero hasta el Estado. Penetrando más allá de las apariencias, pudo asimismo advertir que la igualdad política de los ciudadanos encubría las desigualdades sustanciales que existen en la sociedad capitalista "pues el poder político es precisamente la expresión oficial de la contradicción de clase dentro de la sociedad civil." [6] De allí, finalmente, la comprensión de que la emancipación humana implica quebrar esa dominación del capital, revolucionando también el poder político que, disueltos los antiguos lazos de dependencia personal característicos del feudalismo, se construyó (y se recrea permanentemente) sobre la base del antagonismo moderno. La trayectoria que va desde sus escritos juveniles a los trabajos póstumos es inconmensurable, original y en continuo desarrollo. Ello fue así, en gran medida, porque la crítica de Marx fue siempre radical, y ello en un sentido muy preciso que es necesario rescatar:
Es cierto que el arma de la crítica no puede sustituir a la crítica de las armas, que el poder material tiene que derrocarse por el poder material, pero también la teoría se convierte en poder material tan pronto como se apodera de las masas. Y la teoría es capaz de apoderarse de las masas cuando argumenta y demuestra ad hominem, y argumenta y demuestra ad hominem cuando se hace radical. Ser radical, es atacar el problema por la raíz. Y la raíz, para el hombre, es el hombre mismo.[7]
Revolución social, comunismo, auto-transformación
Partidario de la revolución social, Marx asumió la necesidad de la lucha política sin dejar de lado una crítica sustancial de la misma. A la idealización de la política como supuesto terreno de comunicación y realización humana, opuso la sólida convicción de que constituía en realidad una "mala mediación". No superación, sino más bien expresión de las limitaciones materialmente ancladas en el antagonismo social que impiden a los hombres manifestarse plenamente como tales.
Desde los tempranos textos que reflejan y expresan su pasaje al comunismo, Marx aporta (¡revolución en la revolución!) un enfoque innovador tanto de la revolución como del comunismo. Lejos de considerarse el profeta de un paradisíaco tiempo futuro, sostuvo que "el comunismo no es un estado que deba implantarse, un ideal al que haya que sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual."[8] Y en el Manifiesto se repite:
Los comunistas […] No proclaman principios especiales a los que quisieran amoldar al movimiento proletario […] Las tesis teóricas de los comunistas no se basan en modo alguno en ideas o principios inventados o descubiertos por tal o cual reformador […] No son sino la expresión del conjunto de las condiciones reales de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que se está desarrollando ante nuestros ojos.[9]
Basta escribirlo, para advertir que existe un abismo entre esas palabras y la mayor parte de lo dicho y hecho por las grandes fuerzas políticas que actuaron en su nombre durante un siglo y medio. Pese a lo cual (o tal vez precisamente por eso) pienso que es tiempo de retomar la perspectiva comunista postulada no ya como un modelo social impuesto (y fracasado), sino más bien como realidad en devenir.
Por su trascendencia, la cuestión merece un examen detenido. Para Marx (y así debe ser también para nosotros) la revolución es emancipación de los oprimidos, o deja de serlo. Revolución es, por lo tanto, empeñarse en una transformación total: la creación de una nueva sociedad.[10] Porque el mundo del capitalismo nos expropia, nos desvaloriza y tiende a convertirnos en nada, debemos cambiar todo, y nadie puede hacerlo por nosotros. Como Marx y Engels sostuvieron desde 1840, y lo inscribiera en sus Estatutos la Asociación Internacional de los Trabajadores, en los albores del movimiento: "La emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma". Pero este principio nos enfrenta con un desafío que parece casi insuperable: debemos generar masivamente la conciencia de que se necesita ese cambio total, realizando para ello y al mismo tiempo dicho cambio… Marx lo "resumió" de una manera tan elocuente como enigmática, escribiendo:
(…) que, tanto para engendrar en masa esta conciencia comunista como para llevar adelante la cosa misma, es necesaria una transformación en masa de los hombres, que sólo podrá conseguirse mediante un movimiento práctico, mediante una revolución; y que, por consiguiente, la revolución no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que está hundida y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases.[11]
¿Cómo resolver el acertijo? Puede ayudarnos prestar la debida atención al "movimiento histórico que se está desarrollando ante nuestros ojos", por cuanto en América Latina se está produciendo una confusa pero vital irrupción de las clases subalternas, animando movimientos y prácticas sociales con una potencia que, más allá de ambigüedades y contradicciones, contrasta con la continuada y repetitiva descomposición de las políticas "institucionales" (sirvan como ejemplo los discursos de los partidos de "izquierda" y "centroizquierda" en el llamado Foro de San Pablo, o la orientación de los gobierno de Lula, Tabaré o Bachelet…). Y son muchos los movimientos sociales que, chocando con las políticas represivas o clientelares del poder establecido, advierten que "la política está en otra parte", buscan articular "otra política" y exploran formas de democracia directa a través de las cuales individuos de concretas comunidades deliberan y resuelven de manera colectiva cuestiones atinentes a su vida cotidiana y existencia material… No es correcto idealizar estas diversificadas experiencias y construcciones, como suelen hacer algunas vertientes del "autonomismo", porque es evidente que en ningún caso han logrado "soluciones" duraderas y tras cualquier conquista parcial los problemas de la explotación y opresión apremian como siempre. Sin embargo, es preciso asumir y reivindicar estos movimientos y luchas por algo que, siendo muy sencillo y aún evidente, muchos izquierdistas dogmáticos y sectarios no pueden entender: estos movimientos sociales no han resuelto los problemas de fondo, pero sí han comenzado a cambiar el terreno y los términos en que dichos problemas se plantean. Su gran importancia reside en que constituyen genuinas aproximaciones a una práctica revolucionaria, y en este sentido preciso podremos ayudar a desarrollarlas asumiendo esta preciosa indicación de Marx: "La coincidencia del cambio de las circunstancias y de la actividad humana o auto-cambio sólo puede ser entendida y racionalmente comprendida como práctica revolucionaria."[12]
La clave es entender y asumir la práctica revolucionaria.
Esto debe prevenirnos contra la aceptación ingenua de "lo dado" (como si el grado de organización y acción en cada momento fueses genuina expresión de los intereses y voluntad de los trabajadores), así como también contra la no menos simplista idea de que todo se resuelve con "la lucha". Porque si es cierto que todas las luchas son importantes, no es menos evidente que por sí mismas no indican un camino, no destruyen el fetichismo y las representaciones socialmente aceptadas bajo las cuales (mal)vivimos. La experiencia histórica nos indica que ni siquiera los momentos de grandes convulsiones y crisis del orden establecido aseguran el pasaje a nuevas prácticas y a otra visión de la sociedad y el mundo, porque estas construcciones sociales no caen del cielo, ni de alguna inspirada consigna. Requieren una esforzada preparación revolucionaria que, bueno es aclararlo, no puede ser aportada ni dirigida "desde afuera". Citando nuevamente a Jean-Marie Vincent:
(…) las acciones colectivas deben ser, permanentemente, transformadoras de las relaciones en que están insertos los grupos sociales y los individuos explotados. Las acciones colectivas, incluso cuando son defensivas, no deben limitarse a lo inmediato, sino poner en movimiento procesos que apunten a cambiar en profundidad los posicionamientos de unos y otros.
Y se requiere también
(…) una lucha contra la fragmentación de los puntos de vista poniendo en evidencia sus enlaces, una lucha por la totalización de experiencias dispersas, contra las separaciones fetichistas entre política y economía o vida privada y vida pública. Y todo esto debe ser claramente dirigido contra la vida que no vive, contra la vida que no se vive si no es olvidándola, y retomando el tema de cambiar la vida mediante el cambio de las prácticas y mediante la transformación de los individuos y sus relaciones.[13]
Libertad comunista
Pienso que la batalla por el comunismo así asumida es consustancial de una concepción y reivindicación de libertad que desborda el enfoque liberal de la libertad individual contingente y potencia la tendencia de los hombres a liberarse de la necesidad para reapropiarse de una libertad verdadera y socialmente compartible. Y encuentro que semejantes perspectiva y tendencia palpitan en las nuevas formas de organización y lucha que irrumpen "desde abajo y a la izquierda" (el dicho es de los zapatistas) a lo largo y ancho de nuestro continente. Este aspecto del combate adquiere gran importancia por una suma de razones, que van desde la necesidad de enfrentar los ominosos mecanismos de vigilancia y represión que las potencias "democráticas" han puesto en marcha en el marco de la infinita "guerra contra el terrorismo", el balance enteramente crítico que debe merecernos el carácter opresivo y represivo que tuvieron los regímenes del mal llamado "socialismo real", así como también, last but not least, el burocratismo autoritario que se ha impuesto y reina en prácticamente todas las grandes organizaciones políticas y sindicales del movimiento obrero.
Debemos retomar y valorar el combate por la libertad.
Giuseppe Prestipino, que aborda con profundidad y rigor esta cuestión, recuerda que ya el Manifiesto definía al comunismo como "una asociación en la que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición para el libre desenvolvimiento de todos." [14] Repasa luego los aportes de marxistas que reconociendo el valor no contingente de algunas "libertades negativas", privilegiaron muy justificadamente la lucha por una libertad positiva entendida como la libertad común de cada uno y de todos, que incrementa la de todos y cada uno. Y presenta la noción de la libertad comunista en estos términos: la libertad (de hacer, de tener, de saber, de deliberar) que consigo para mí es mayor si todos la obtienen igualmente e, inversamente, si no oprimo directa o indirectamente a otro, también yo soy más libre; si el otro no es un sujeto alienado, mayor será también mi dignidad.
El reconocimiento marxiano de la libertad, concebida sobre todo como tendencia o movimiento, tiene diversas facetas o niveles. Libertad, como conciencia y manejo de la necesidad, con la mediación dialéctica del trabajo. Libertad, como conquistada libertad común de los individuos asociados… Y es un progreso teórico y político advertir que la libre voluntad se verifica también y sobre todo en el reconocimiento, no ya de la necesidad, sino de los posibles.[15] Gramsci en particular subrayó que la voluntad política deja de ser un registro de supuestas necesidades unívocas, para convertirse ella misma en uno de los llamados "factores objetivos", elevándose al nivel de una voluntad capaz de hacer una síntesis entre sí misma y el conjunto de los condicionamientos objetivos. Afirmando que la libertad es la dialéctica de toda la historia humana, pero que en determinado momento histórico se hace también "consciente de serlo", nos indica que a la dialéctica entre necesidad y libertad se suma una dialéctica superior entre libertad "objetiva" y conciencia "subjetiva" de la libertad.[16]
En suma, la marxiana crítica de las libertades formales no conduce al "liberticidio", sino a la conjugación de las "libertades menores" en una libertad mayor que es la libertad de contribuir a la construcción de una "voluntad general" capaz de revolucionar el actual ordenamiento social, lo que exige un genuino pluralismo socialista:
(…) la condición elemental para la puesta en práctica de de los principios de una transformación socialista […] es la producción de una conciencia de masas socialista como única forma factible del auto-desarrollo de la acción en común. Y esta última, claro está, tan sólo puede surgir de los constituyentes verdaderamente autónomos y coordinados (no dominados y manipulados jerárquicamente) de un movimiento inherentemente pluralista.[17]
Ir más allá del capital
Si queremos hacer la revolución, debemos se capaces de impulsar una práctica revolucionaria incluso bajo relaciones de fuerza desfavorables, y mantener en todo momento presente la perspectiva histórica explicitada por Marx. El capitalismo como sistema conformado históricamente (y el sistema de metabolismo social del capital, a otro nivel de análisis) se basan en una especie de trípode, cuyos pilares constitutivos son el capital, el trabajo asalariado y el Estado. Ricardo Antunes ha escrito que tanto la teoría como la experiencia histórica que deja la desaparición de la URSS indican que el multiforme enemigo contra el cual se levantan nuestros pueblos "no puede ser superado sin la eliminación del conjunto de los elementos que comprenden este sistema. No basta con eliminar uno o dos de sus polos. El desafío es superar a los tres elementos, entre los que está incluida la división social jerárquica del trabajo, que subordina el trabajo al capital."[18] En igual sentido, el cubano Guillermo Valdés Gutiérrez nos dice que "el reto del socialismo es ir más allá de la lógica del capital, superar lo que llamamos sistema múltiple de dominación del capital."[19]
Por otra parte, para lograrlo no basta con una perspectiva histórica, por correcta que sea. Es preciso ayudar a construir desde abajo una alternativa política que vaya más allá del capital, y debemos evitar las formas de organización y acción que, incluso sin quererlo, vuelven a encerrarnos en los marcos de la vieja política, con sus prácticas e instituciones. Formular otra política comienza por advertir que (más allá de las dispares formas y contenidos que asume en cada uno de nuestros países) existe una profunda "crisis de la política". Es una crisis de legitimidad articulada con la crisis estructural del capitalismo como modo de reproducción metabólica social que implica también la crisis de sus marcos estatales de regulación y control. Como resultante más o menos imprevista de esta crisis estructural, de la descomunal ofensiva en que el capital está empeñado desde la "revolución conservadora" de los años ’80 y de las resistencias que la misma despierta, asistimos a un cambio histórico en las condiciones del antagonismo entre capital y trabajo, y a lo que algunos llaman crisis civilizatoria. En Latinoamérica esto se siente con particular agudeza, y empuja a que explotados y oprimidos busquen nuevas y diferentes formas de reivindicar sus intereses vitales. De hecho, por primera vez en la historia se revela imposible mantener una muralla entre reivindicaciones inmediatas y objetivos estratégicos generales (separación que en el pasado facilitó diversas mistificaciones que contribuyeron a bloquear al movimiento obrero tradicional y lo condujeron al callejón sin salida del reformismo). Se coloca en la agenda histórica de "los de abajo" el imperativo impostergable de dar pasos hacia el control de un orden social metabólico alternativo a las contradicciones crecientemente destructivas del capital, lo que implica ir poniendo en pie las mediaciones políticas y materiales que para ello sean necesarias en cada situación concreta.[20]
Transiciones en Latinoamérica
En los diversificadas y complejos procesos de lucha de clases que recorren nuestro continente, debemos prestar particular atención a lo que llamo el ad-venir del socialismo. Quiero decir, recuperar la capacidad de escudriñar la realidad de modo tal que nos permita contribuir a que, "en la lucha contra el actual estado de cosas" se afirmen elementos, bases o puntos de apoyo de una socialidad distinta… Esto constituye un punto de referencia decisivo: no tanto lo que estaría por-venir en algún indeterminado momento futuro, sino lo que ya está ocurriendo, lo que hoy mismo está incorporándose a la realidad con las luchas y reclamos de la gente. Pensar en el ad-venir del socialismo enriquece la perspectiva y la concepción misma de transición adquiere nuevas dimensiones, en relación con la tarea de pensar y explorar formas de lucha y de organización, maneras de producir y de establecer relaciones sociales radicalmente distintas para enfrentar la crisis en su doble dimensión de crisis estructural del capital y crisis civilizatoria.
Lo que ha venido ocurriendo en Venezuela es muy ilustrativo y, como escribe Miguel Mazzeo
La Revolución Bolivariana nos convoca a pensar-actuar en términos de transición, costumbre que había caído en desuso, categoría de arriesgada frecuentación. El pasaje de la necesidad a la libertad no se puede concebir como un acto único, abrupto y unidireccional. Existen mediaciones. Y existen porque el proceso de construcción del socialismo no se desarrolla en el vacío, sino en el marco de una determinada realidad histórica. La conciencia de amplios sectores que están protagonizando la revolución es auspiciosa: se ven a sí mismos transitando los primeros tramos de un proceso de construcción contra-hegemónica.
La transición venezolana tuvo, tiene y tendrá brillos y opacidades. Jamás podrá ser lineal e incontaminada, dado que se trata, nada más y nada menos, de salir del capitalismo, de su cultura totalizante, de sus lógicas que combinan la explotación, la dominación y la reproducción. Se trata de construir una visión latinoamericana del socialismo y un nuevo paradigma emancipador.[21]
Se podrá replicar que nada de eso se parece a la Revolución de Octubre de 1917, ni a la Revolución China, ni a la Cubana; se dirá que no existen ni Partido Bolchevique, ni Ejército Popular de Liberación, ni Comandancia Guerrillera... Es cierto, y sin embargo, allí está la revolución: casi diría que no parecerse a las anteriores no representa una carencia sino una confirmación adicional de su potencialidad. Después de todo, fue Marx quien nos previno que, lejos de sujetarse a cualquier "modelo" las revoluciones proletarias
(…) se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos.[22]
Por lo tanto, debemos estar dispuestos a reformular nuestras hipótesis estratégicas. Sobre esta cuestión, conviene comenzar con una doble delimitación. Discrepo con quienes insisten en llamados (de manera abstracta e intemporal, por añadidura) a "la toma del poder", porque teórica y prácticamente se ha puesto en evidencia que ni "el poder" ni "el Estado" pueden ser tratados como una cosa u aparato que deberíamos arrebatar a la burguesía y poner a funcionar para la revolución. Tampoco coincido con la formulación de "cambiar el mundo sin tomar el poder", porque deja de lado las mediaciones necesarias para enlazar la idea de la revolución con las exigencias de un combate efectivo contra el capital y su Estado y porque se desentiende de la batalla por construir la fuerza o bloque social contra-hegemónico con el poder de cambiar el mundo.
Personalmente, me considero tributario de la rica tradición teórico-política del "consejismo" en su más amplio sentido[23] y de las "lecciones" derivadas de una extensa experiencia latinoamericana.[24] Pero precisamente porque valoro todo ello, siento que insistir en la idea más o menos clásica del "doble poder"[25] tiene limitada utilidad. A la luz de la situación, experiencia y conciencia actual del movimiento obrero, es muy poco creíble la perspectiva cultivada por pequeñas organizaciones que privilegian su fortalecimiento por encima de cualquier otra construcción, suponiendo que, llegado el momento, la crisis hará que broten organismos de tipo soviético listos para que "la dirección revolucionaria" los conduzca en el asalto al poder. Por otra parte, incluso si admitiéramos que por alguna imprevisible combinación de circunstancias se concretara tan improbable hipótesis, cabe preguntarse: ¿semejante "poder" tendría realmente la capacidad de impulsar la reconstrucción radical de la sociedad? Creo que la respuesta debe ser negativa. Y digo que debemos apostar y aportar, en cambio, a un proyecto que articule utopía y realismo de un modo original: un realismo a largo plazo, que nos prepare estratégicamente para librar una batalla de muy largo aliento, hasta forzar un cambio general en la correlación de fuerzas que permita infligirle derrotas decisivas al capitalismo imperialista. Y una utopía "corta" que nos permita "soñar con los ojos abiertos" al afrontar las tareas inmediatas, asumiéndolas con espíritu insumiso y buscando en cada fisura o grieta del sistema, tal y como ya se dijo, ir más allá del capital.[26]
Esto implica, por ejemplo, contribuir desde ahora la tarea de construir contra-poderes o instancias de poder popular, organismos de carácter unitario capaces de impulsar a nivel local o sectorial prácticas alternativas tendencialmente en ruptura con las mediaciones del mercado y el Estado, que se empeñen en articular las diversas organizaciones con actuación en un mismo territorio y busquen coordinarse con otros similares hasta desarrollar una auto-organización nacional, eventualmente capaz de enfrentar la autoridad del Estado. Obviamente, se tratará de un complejo proceso jalonado por enfrentamientos, progresos y derrotas cuyo detalle es imposible prever anticipadamente. La apuesta reside en que la construcción de estas expresiones de poder popular (u obrero-popular), que adquirirán seguramente formas organizativas y denominaciones diversas y cambiantes, permita asumir y dar relativa estabilidad a experiencias que apunten a la reapropiación comunitaria de las condiciones de existencia y praxis social, a escala creciente, en un movimiento que será también afirmarse como fuerza social y política con un poder que nace de la reapropiación y gestión democrática de diversos engranajes de la vida social (emprendimientos productivos, cooperativas, gestión de determinados servicios públicos, experiencias de control y autogestión revolucionaria, asociaciones culturales, etcétera). Así concebida, una hipótesis estratégica de construcción de poder popular podrá enlazar, en un mismo proceso: a) el empeño por contrarrestar la actual disgregación y heterogeneidad de la-clase-que-vive-de su-trabajo, asumiendo un combate social-político que desborde todo "corporativismo", b) el desarrollo de una subjetividad revolucionaria y c) la construcción de organizaciones populares autónomas capaces de ganar reconocimiento y fuerza. Esta fuerza del poder popular podrá tener diversas formas y manifestaciones, pero en todos los casos surgirá de la creación de nuevos lazos sociales entre los oprimidos y explotados, al resistir juntos las presiones del capital y desplegar comunicaciones ajenas a los dictados del mercado y la lógica de la valoración.
Esta orientación permitiría también enlazar el trabajo paciente apuntado a cambiar una desfavorable relación de fuerzas entre las clases, con la audaz afirmación de la actualidad de la revolución y el impulso de lo que he denominado ad-venir del socialismo. Como bien escribe Valdez Gutiérrez: "De los pequeños, continuos y diversos saltos que demos hoy en nuestras luchas cotidianas y visiones de sociedad, emergerá el salto cultural-civilizatorio que nos coloque en esa deseada perspectiva histórica que rescatará y dignificará al socialismo en este siglo."[27]
Diré para terminar, con José Carlos Mariátegui: "No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano". Sin olvidar, como el mismo Amauta nunca lo olvidó, que no podremos hacerlo solos. La empresa es internacional e internacionalista.
* Una primer versión de estas reflexiones, enviadas como aporte a la discusión organizada los días 9 y 10 de diciembre de 2006 en París por las revistas Carré rouge, A Contre-Courant, L’Emancipation Sociale y  l’Encontre, fue publicada en Nuevo Rumbo nº 22. Considerablemente modificado, el presente artículo sigue siendo un material de trabajo más que la exposición de posiciones acabadas. Agradeceré comentarios y observaciones: aromero@herramienta.com.ar
**· Integrante del Consejo de redacción de Herramienta y miembro de del colectivo Cimientos.
[1] Categorías de René Zavaleta, tomadas de José Gandarilla: Globalización, totalidad e historia. Ensayos de interpretación crítica, Buenos Aires, Ediciones Herramienta-UNAM, 2003, pág. 88.
[2] Ver "Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina", de Aníbal Quijano, en Edgardo Lander (compilador): La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas. Buenos Aires, CLACSO, 2000.
[3] Jean-Marie Vincent: Un Autre Marx. Après les marxismes, Lausana, Ed. Page deux, 2001, págs. 98 y 100.
[4] Enrique Dussel: La producción teórica de Marx. Un comentario a los Grundrisse; Hacia un Marx desconocido. Un comentario de los Manuscritos del 61-63; El último Marx (1863-1882) y la Liberación Latinoamericana, México, Siglo XXI editores, 1985, 1988, 1990.
[5] Vayan dos ejemplos: István Mészáros advierte la carencia de una teoría de la transición y para suplirla escribe Más allá del Capital. Hacia una teoría de la transición, Valencia-Caracas, Vadell ed., 2001; Alain Bihr, en La reproduction du capital (2 tomos), Lausana, Ed. Page deux, 2001, se propone profundizar la crítica de la reproducción del capital como relación social y las mediaciones "extraeconómicas" que ella implica.
[6] Carlos Marx: Miseria de la filosofía, Buenos Aires, Ed. Cartago, 1987, pág. 137.
[7] Carlos Marx, "En torno a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, y otros ensayos" en C. Marx -F. Engels: La sagrada familia, México, Ed. Grijalbo, 1984, pág. 10.
[8] Ídem, pág. 37.
[9] C. Marx y F. Engels: Manifiesto Comunista, Buenos Aires, Ed. Pluma, 1974, págs. 79 y 80.
[10] Ver Marx, Miseria de la Filosofía, Buenos Aires, Ed. Cartago, 1987, pág. 137.
[11] C. Marx y F. Engels, La ideología alemana, Buenos Aires, Ed. Pueblos Unidos, 1975, pág. 82.
[12] La cita corresponde a la tercera de las "Tesis sobre Feuerbach". Georges Labica destaca la importancia de la palabra "auto-cambio" [Selbstveränderung], que fuera omitida en la versión corregida por Engels, y explica: "El cambio es auto-cambio. La práctica revolucionaria lo evidencia, porque es su realización […] La auto transformación es el proceso ininterrumpido de la revolución, siempre operativo en la práctica […] Acá está el origen de la idea de auto-emancipación del proletariado." (en: Karl Marx. Les Thèses sur Feuerbach, París, PUF, 1987, págs. 55-65).
[13] Jean-Marie Vincent, Revista Viento Sur Nº 78, diciembre 2004, www.vientosur.info
[14] Giuseppe Prestipino, Realismo e Utopia, Roma, Ed. Riuniti, 2002, pág. 91.
[15] Ob. cit. Especialmente "Discorrendo de comunismo e libertá".
[16] Antonio Gramsci: Cuadernos de la cárcel, México, ERA-Univ. de Puebla, 6 tomos 1981-1999, Vol. 4, pág. 130.
[17] István Mészáros: Más allá…ob. cit., pág. 799.
[18] Ricardo Antunes: Los sentidos del trabajo, Buenos Aires, Ed. Herramienta-TEL, 2005, pág. 203.
[19] Guillermo Valdez Gutiérrez: "Desafíos de la sociedad Más allá del capital", Revista cubana de filosofía. Edición digital Nº 7, septiembre-diciembre 2006, http://www.filosofiacuba.org
[20] István Mészáros: El Siglo XXI ¿Socialismo o Barbarie?, Buenos Aires, Ed. Herramienta, 2003, págs. 90/92.
[21] Miguel Mazzeo: "La revolución bolivariana y el poder popular", en Nora Ciapponi, Guillermo Cieza y otros: Venezuela ¿la revolución por otros medios?, Buenos Aires, Dialektik Ed., 2006, pág. 51.
[22] Carlos Marx, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, Buenos Aires, Ed. Polémica, 1972, pág. 20.
[23] Incluyo en esta "tradición" tanto a la experiencia "soviética" teorizada por Lenin y Trotsky, como a sus críticos "izquierdistas" -Luxemburgo, Korsch, Mattik…- y al original enfoque de Gramsci.
[24] Algunos ejemplos: los "Cordones Industriales" en Chile, en Bolivia la COB y sus milicias o posteriormente la CSUTCB y su control territorial. Y en la Argentina, desde los "Plenarios con barra de las 62" y Huelgas generales en tiempos de la resistencia peronista, a las "ocupaciones" o "toma de fábricas con rehenes" durante la década del 60 y los desarrollos que con la marca del "clasismo" culminaron en las "Coordinadoras" de 1975.
[25] Entendida como situación excepcional, limitada al momento de crisis revolucionaria y que muy rápidamente debe resolverse en el pleno restablecimiento del poder burgués o la victoria político-militar del "soviet".
[26] El párrafo retoma una formulación de Edgardo Logiudice, inspirada a su vez en algún pasaje del ya citado libro de Prestipino... Pero se trata de una "libre interpretación" de la que soy único responsable.
[27] Gilberto Valdez Gutiérrez, ob. cit.
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